Se levantó como de costumbre mientras aún todos dormían. Una ducha y un delicioso café la despertaron por completo. Preparada para comenzar el día salió antes del amanecer. Ese día era cerca, sólo una hora de viaje la separaba de su destino.
Cómo todavía era temprano decidió bajarse dos paradas antes y tomó el camino más largo para evitar las calles edificadas. Aprovechó el tiempo que le sobraba y disfrutó caminando por el parque sin apuro, impregnando sus pulmones con el aroma de la naturaleza. Las piedritas naranjas tiñeron sus zapatillas blancas pero eso no le importó y siguió caminando por aquel sendero. El sol se hizo presente lentamente para apaciguar el frio de los últimos días de invierno y le dio color al pasto y a los árboles. Atravesó el corazón del parque y por unos instantes se sintió fuera de la aturdidora ciudad. Pero cuando llegó al extremo de su bosque imaginario las agujas del reloj se ajustaron para iniciar la rutina laboral.
El día pareció transcurrir con normalidad. Los timbres y la voz del locutor daban comienzo a cada prueba mientras los jinetes salían a la pista montando sus hermosos caballos.
El visor de la cámara pasó a formar parte de sus ojos y el lente se convirtió en una extensión de su mano izquierda. Sus pies se fundieron en el suelo. Su torso y la cámara se movieron al mismo ritmo y dirección guiados por el manillar que sostenía su mano derecha.
Ese día, hacia el final de la tarde mientras el sol se iba sin pedir permiso, su mente reclamó un respiro y el piloto automático pasó a controlar la situación.
Un zaino, oscuro como la noche, entró a la pista despreocupado. Su jinete repasó en segundos el recorrido que debía realizar y al sonar el timbre le dio la orden a su potrillo para iniciar el galope. Su cola y sus crines negras flotaron por la acción del viento loco y salvaje. Las vallas, marcadas con sus franjas de colores, los esperaron desafiantes pero por dentro imploraron resistir a sus saltos.
Por alguna razón que no pudo explicar, la distancia que la separaba de aquel caballo y su jinete se redujo. El alrededor se desvaneció. Su imaginación se abrió camino entre tantos pensamientos y dejó emerger una curiosa imagen. El imponente caballo se transformó lentamente en arco, oscuro como aquel potrillo. Mientras ella pasó a ocupar el lugar del jinete, el mandil se convirtió en empuñadura y las crines y la larga cola construyeron una cuerda. La próxima valla era su blanco, la diana que debía acertar. El caballo, ahora transformado en arco, se dispuso a cumplir las órdenes de su jinete-arquera que con decisión fijó su vista en aquellas vallas transmutadas en blanco circular. Al igual que el jinete, esperó el momento justo. Y cuando él aflojó las riendas para permitir el salto, ella relajó su manó para dejar escapar la flecha.
Y sin perderlos de vista con su gigante cámara, cada valla fue un blanco y cada caballo, un arco.
