La clase había comenzado como de costumbre. Legué, armé mi arco, me paré en la línea de tiro, precalenté con algunas tensadas los músculos de mi espalda y comencé a tirar. Si bien seguí manteniendo mi postura más firme y segura como en la última clase, el anclaje correcto y esa pausa prudente que me permiten alinear mi arco hacia el blanco seguían fallando y todo indicaba que continuaría así por el resto de la clase.
Pero estaba predestinado a ser un nuevo día, un nuevo comienzo. Un día donde, después de mucho tiempo, era yo la que volvía a controlar mi arco, mi cuerda, mis flechas, era yo la que volvía a controlar mi mente. Esa ansiedad que me obligaba a soltar la cuerda antes de tiempo, sin siquiera permitirme llegar a anclar correctamente, comenzaba a ser derrotada.
Mi instructor me había planteado un nuevo reto, un nuevo ejercicio para ver si podía vencer aquella dificultad. Y efectivamente él había dado en el blanco.
Me propuso volver a aquel arco con el que había comenzado, el viejo arco azul de escuela, aquel arco de fibra de vidrio de 20 libras con el que había dado mis primeros pasos.
Tuve una sensación extraña, como esperanzadora, cuando volví a tomar en mis manos aquel arco azul. Apenas lo sentía, su peso parecía como el de una pluma. Y pensar que me había costado abrirlo en mis primeras clases. Ahora tensarlo no implicaba ninguna dificultad, la cuerda llegaba suavemente hasta mi boca sin un mínimo de esfuerzo. Que agradable, que tranquilizador… que relajante. Esta vez percibía que podría realizar una buena pausa.
Con el paraflechas más cerca tensé el arco azul, esta vez con la flecha, dispuesta a tirar controlando la prisa. Sin embargo volvía a explotar, a soltar apresuradamente. ¿Cómo era posible si el arco no me imponía resistencia al abrirlo? ¿Cómo no podía permanecer con el anclaje junto a mis labios, por apenas unos segundos, si era tan sencillo tensarlo? Era gracioso como se ponía en evidencia aquello que me impedía lograr la pausa. No era cuestión de fuerza lo que me impedía conseguir mi objetivo. Era tan evidente como mi mente controlaba todo, como mi ansiedad e inseguridad me dominaban. Conseguía tensar y anclar correctamente ambos arcos, pero cuando la flecha se encontraba allí, parecía que no existía forma de lograrlo.
Pero seguí intentándolo. De a poco tensaba una y otra vez el arco azul con la flecha, esperando la orden de mi instructor para poder soltar. A veces las flechas salían antes de tiempo y otras se quedaban junto a mí exagerando la pausa para que pudiera grabarla en mi mente.
Refugiándome en esa sensación tan gratificante de ver a mis flechas agruparse nuevamente, intercalaba las rondas probando con uno y otro arco. Las pausas con al arco azul comenzaban a durar el tiempo que yo quería y aunque con mi Limay no podían durar demasiado, al menos, la flecha se quedaba unos instantes hasta que mi mano la dejaba ir.
Qué bien que me sentía, parecía que estaba en otro cuerpo, estaba completamente relajada, la tensión había desaparecido y en mi interior se dibujaba e impregnaba aquel logro.
Lo que parecía imposible dejaba de serlo. Las barreras estaban comenzando a desintegrarse y el nuevo destino de mis flechas estaba renaciendo, tomando forma.
Gracias Diego.

2 comentarios:
Hola!!!
Te felicito por tu Blog!!!
Los textos personales, las fotos, los cuentos recopilados, el formato (me vas a tener que ayudar a mejorar el mio ;)jeje... )
Encantado de seguirte,
Buenas flechas Arquera!!!
>>>------------>^
No sabes la alegría que ha sido encontrar tu blog de arquería, te añadiré a mis blogs favoritos, la estética destacable, y sobre todo no oscurece un contenido del cual me hago desde ahora "adicto" adelante con tus relatos y vivencias y sobre todo... no desfallezcas.
Gracias por vestir de arquería la red!!
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