Mientras leía nuevamente el libro “Zen en el arte del tiro con arco”, en el cual Eugel Herrigel transmite su experiencia e iniciación en el tiro con arco y su acercamiento a la filosofía Zen, se apoderó de mi la idea de reseñar mi propia experiencia con esta práctica, que no sé cómo ni por qué entró en mi vida. Para que algún día, cuando sea muy, pero muy vieja, pueda volver a revivir en mi memoria esos increíbles momentos que un día tocaron a mi puerta y, dudando, los vi por la mirilla pero igual los dejé pasar, sin imaginarme lo que eso significaría.


14. Un nuevo comienzo. Empezando a ganarle la batalla a la ansiedad.

La clase había comenzado como de costumbre. Legué, armé mi arco, me paré en la línea de tiro, precalenté con algunas tensadas los músculos de mi espalda y comencé a tirar. Si bien seguí manteniendo mi postura más firme y segura como en la última clase, el anclaje correcto y esa pausa prudente que me permiten alinear mi arco hacia el blanco seguían fallando y todo indicaba que continuaría así por el resto de la clase.
Pero estaba predestinado a ser un nuevo día, un nuevo comienzo. Un día donde, después de mucho tiempo, era yo la que volvía a controlar mi arco, mi cuerda, mis flechas, era yo la que volvía a controlar mi mente. Esa ansiedad que me obligaba a soltar la cuerda antes de tiempo, sin siquiera permitirme llegar a anclar correctamente, comenzaba a ser derrotada.
Mi instructor me había planteado un nuevo reto, un nuevo ejercicio para ver si podía vencer aquella dificultad. Y efectivamente él había dado en el blanco.
Me propuso volver a aquel arco con el que había comenzado, el viejo arco azul  de escuela, aquel arco de fibra de vidrio de 20 libras con el que había dado mis primeros pasos.
Tuve una sensación extraña, como esperanzadora, cuando volví a tomar en mis manos aquel arco azul. Apenas lo sentía, su peso parecía como el de una pluma. Y pensar que me había costado abrirlo en mis primeras clases. Ahora tensarlo no implicaba ninguna dificultad, la cuerda llegaba suavemente hasta mi boca sin un mínimo de esfuerzo. Que agradable, que tranquilizador… que relajante. Esta vez percibía que podría realizar una buena pausa.
Con el paraflechas más cerca tensé el arco azul, esta vez con la flecha, dispuesta a tirar controlando la prisa. Sin embargo volvía a explotar, a soltar apresuradamente. ¿Cómo era posible si el arco no me imponía resistencia al abrirlo? ¿Cómo no podía permanecer con el anclaje junto a mis labios, por apenas unos segundos, si era tan sencillo tensarlo? Era gracioso como se ponía en evidencia aquello que me impedía lograr la pausa. No era cuestión de fuerza lo que me impedía conseguir mi objetivo. Era tan evidente como mi mente controlaba todo, como mi ansiedad e inseguridad me dominaban. Conseguía tensar y anclar correctamente ambos arcos, pero cuando la flecha se encontraba allí, parecía que no existía forma de lograrlo.
Pero seguí intentándolo. De a poco tensaba una y otra vez el arco azul con la flecha, esperando la orden de mi instructor para poder soltar. A veces las flechas salían antes de tiempo y otras se quedaban junto a mí exagerando la pausa para que pudiera grabarla en mi mente.
Refugiándome en esa sensación tan gratificante de ver a mis flechas agruparse nuevamente, intercalaba las rondas probando con uno y otro arco. Las pausas con al arco azul comenzaban a durar el tiempo que yo quería y aunque con mi Limay no podían durar demasiado, al menos, la flecha se quedaba unos instantes hasta que mi mano la dejaba ir.
Qué bien que me sentía, parecía que estaba en otro cuerpo, estaba completamente relajada, la tensión había desaparecido y en mi interior se dibujaba e impregnaba aquel logro.
Lo que parecía imposible dejaba de serlo. Las barreras estaban comenzando a desintegrarse y el nuevo destino de mis flechas estaba renaciendo, tomando forma.
Gracias Diego.

13. Otro mundo

Sensaciones extrañas que me transportan a otro tiempo, otro lugar. Responsables de ellas son esas clases que se suceden semana tras semana en la escuela. Donde se renueva mi filosofía, donde mi historia y mi memoria se siguen escribiendo.
Es todo lo contrario a sentir los pies sobre la tierra porque cada vez que cierro la puerta, detrás de mí queda el mundo exterior, el afuera definitivamente queda afuera y deja de existir, al menos, por esa hora de clase.
Un lugar cálido, seguro, con toque de misterio y solemnidad, donde se respira tranquilidad y en el aire reposa la calma.
Un lugar donde  a veces los tiros no salen como quiero, alejando mis flechas del blanco más de lo necesario. Pero la frustración del momento y aquellas sensaciones negativas se compensan y equilibran con aquel cosmos mágico.
Muchas veces pienso en el valor de la enseñanza, en la paciencia de los instructores y la calma que transmiten, como maestros orientales de aquellos viejos tiempos que transmitieron su sabiduría con respeto y conciencia, defendiendo el significado de esta práctica. Pienso en la calidez de los arqueros que me cruzo semana tras semana. Esto va formando parte y dándole sentido a esta valiosa experiencia.
Me alegra tener un lugar donde refugiarme. Un lugar que me permita conocerme, aceptarme. Un lugar que me plantee desafíos para superarme. Un lugar, un mundo, que tanto en los errores como en los aciertos no haga desaparecer mi sonrisa.


Esta sección recopila cuentos y textos extraídos de distintos lugares. Se respeta la autoría de dichos escritos aclarando, en el caso de ser posible, el autor del mismo.

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