Finalmente había llegado el 20 de marzo. El torneo anual organizado por la escuela daba comienzo a una cálida reunión de arqueros de variados lugares, que se enfrentaban a fin de disputarse la medalla del primer puesto y el premio mayor: un “Wesley Special” de Howard Hill Archery.
El desafío no era sencillo, una única flecha marcaba el destino del arquero, una única flecha que con su dirección decidía si el arquero seguía compitiendo o era eliminado.
80 arqueros participaban aquél día bajo la supervisión de los 4 instructores de la escuela, los jueces de ese día. Veteranos o principiantes, eso no tenía importancia, pues el mayor reto no era enfrentarse entre ellos sino con ellos mismos. El temor, la ansiedad, el autocontrol, la relajación, cargas emocionales que jugaban un papel muy importante al momento del disparo, pues hasta el más experimentado podía sufrir las consecuencias de los nervios y caer bajo su hechizo. Todos se encontraban en igualdad de condiciones y su desempeño dependía de su propia confianza y seguridad.
Si bien había leído el reglamento y sabía en qué consistía el torneo, trataba de escuchar y prestar atención a la explicación que se llevaba a cabo en ese instante, pero las palabras se confundían en mi cabeza y por momentos las voces se enmudecían y yo me encontraba allí parada sin comprender lo que sucedía.
Los nervios se habían apoderado de mí en los días previos a la competencia y con el transcurso de los días se acrecentaban sin parar y no me abandonaron hasta casi finalizar la jornada.
El torneo estaba dando comienzo. Los primeros 3 arqueros fueron llamados a la línea de tiro. No tenía idea en que puesto me tocaba tirar, no me había animado siquiera a mirar la lista con el orden de los participantes. El corazón me latía aceleradamente y sentía una pelota estancada en el medio del pecho. Sentía que para el resto todo trascurría con normalidad, sin embargo yo creía que en cualquier momento explotaría.
Finalmente había llegado mi turno. Con mi arco y flecha en mano me acerqué y me paré en la línea de tiro junto a los otros dos arqueros. De frente tenía a mi instructor que estaba como juez y al acercarme me dio una mirada de aliento. Estaba muy nerviosa, mi corazón no había desacelerado su ritmo sino todo lo contrario. Me di vuelta para mirar a Andrés Verde, el responsable de la escuela, hasta que diera la orden de tiro. Cuando estaba todo en orden, volví a girar mi cabeza para ponerme en la posición correcta para tirar. Levanté mi brazo del arco y sostuve la cuerda como siempre. Podía percibir las miradas de todos. Pocos segundos después de la orden de tiro mis oídos escucharon que los otros dos arqueros ya habían ejecutado su tiro y eso terminó de intimidarme del todo. Sólo recuerdo que miré mi brazo que sostiene el arco, luego todo desapareció por completo. Me di cuenta que la flecha ya había salido cuando vi que no había impactado en el blanco. No sé qué fue lo que sucedió pero los instantes del tiro no los recuerdo, no sé cómo fue mi posición, cómo anclé o cómo solté, sólo recuerdo pararme en la línea, levantar el arco y ver la flecha en el paraflechas, todo lo demás se había esfumado.
En la primera ronda quedamos descalificados alrededor del 25% de los participantes, y el torneo se puso cada vez más interesante a medida que el paraflechas se alejaba. La competencia terminó con los dos arqueros que mejor supieron, no sólo controlar sus arcos y sus tiros, sino también la presión y las emociones frente a todas esas personas.
Pero no todo fue tan malo, al ser la primera eliminada, muerta de vergüenza, recibí como premio consuelo una botella de champaña y los aplausos de la gente que dieron comienzo a la lenta desaceleración de mí alocado corazón.
Volví a casa esa tarde con una sonrisa pues, pese a la presión y los nervios que sentía por ser mi primera competencia, me animé al desafío de participar y disfrutar por primera vez de un torneo de arquería.
-Parte 1-
-Parte 2-
-Parte 2-
(Fuente: El Apostadero TV )
Más tarde me enteraría de aquello que se había esfumado, aquello que mi mente había bloqueado para dejarlo olvidado en el fondo de mi conciencia. Había preparado bastante bien mi postura y anclaje, pero había fallado en la ejecución final del tiro. Mi ansiedad finalmente había logrado apoderarse de mi cuerpo por completo y al momento de soltar no pudo evitar adelantarse y ver donde había ido a parar aquél disparo. Esa ansiedad, imposible de controlar, me había derrotado y desviado aquella flecha.

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