Practicando un día en la escuela, varias semanas antes de que se realizara el torneo anual que organiza la Escuela Tradicional de Arquería (este año con el auspicio de Howard Hill Archery y Bodegas Escorihuela Gascón ), mi instructor me informó sobre aquella competencia. Me comentó en qué consistía, la mecánica del torneo… se comienza a tirar desde los 8mts., 1 flecha cada arquero. Los que pegan en el blanco (disco de examen ETAR de 29cm de diámetro –negro- y centro de 11cm –blanco-) pasan a la próxima ronda (2mts. más lejos). Los que yerran, quedan eliminados directamente si algún otro competidor acierta a esa distancia. Se avanza así el paraflechas cada dos metros hasta llegar a los 18m. En dicha distancia se cambia el disco anterior por el disco mini ETAR (14cm de diámetro –negro- y centro de 5cm –blanco-) y desde allí se realizan el resto de los tiros, hasta que queden sólo 2 arqueros, que disputarán la final. La final es a tres flechas cada uno, a 18m. El que tenga más flechas en el blanco gana. En caso de empate se define de a una flecha.
Se presentaba como un torneo sumamente duro, una única flecha, una flecha que determinaba si continuabas o no. Un torneo donde hasta el más experimentado podía cometer un error ya que siempre estaba presente la eliminación. Cualquiera de nosotros tenía posibilidades de ganar o perder.
Aquél torneo había captado mi interés, era mi oportunidad de poner a prueba mi confianza, pero… ¿estaba dispuesta a enfrentarme a ello? Aún no lo había decidido.
La clase siguiente que tuve con mi instructor comenzó directamente con una práctica para aquel torneo. No recuerdo haber decidido si participaría o no hasta ese entonces, pero supongo que mi instructor intuyó aquellas ganas que sentía dentro mío de participar y antes de que me diera cuenta y sin preámbulos me inició en aquel entrenamiento.
Comencé la práctica tirando flechas a un pequeño papel a 8 metros de distancia para luego seguir avanzando cada dos metros hasta llegar a los 18 y así ir tomando confianza para adaptarme a cada distancia.
Luego, hacia mitad de la clase, la situación se puso aún más interesante. Aquél pequeño papel blanco fue reemplazado por mi instructor por el disco de examen, similar al que se utilizaría en el torneo. Simulamos la competencia como debía ser: una única flecha a 8 metros y avanzaba 2 metros más si acertaba. Pero algunas distancias me intimidaban, la inseguridad se apoderaba de mí… y los errores se hacían evidentes. Nuevamente volvíamos a los 8 metros para reiniciar el simulacro.
¿Cómo haría para vencer mis miedos? ¿Cómo haría para aumentar mi confianza? Eran obstáculos que hacía tiempo intentaba superar, sólo que ahora una fecha se aproximaba, la del torneo. Para colmo, la presión, la ansiedad y la duda intentaban ganarme la batalla y por momentos lo conseguían.
¿Cómo sería aquel día? Lo imaginaba una y otra vez en mi cabeza, cerraba los ojos y veía a los arqueros disparando sus flechas, podía ver la gente alrededor, era mucha, eso me asustaba un poco pues estaba acostumbrada a tirar con dos o tres arqueros como mucho y nunca con tantos espectadores. Aquello también implicaba una prueba a vencer.
En cada oportunidad que tenía de ir a la escuela practicaba para aquel día. Intentaba contener mi frustración por los errores que cometía. La presión parecía no alejarse sino todo lo contrario, se afianzaba aún más. No conseguía relajarme y mi cabeza me jugaba una mala pasada.
Mi instructor me recordaba que tenía la capacidad suficiente para realizar buenos tiros pues mi postura y focalización eran correctas, y había casi dejado atrás aquel problema de la falta de pausa al anclar. Pero debía relajarme, disfrutar y confiar en mí misma, sino todo aquello que había logrado no tenía ningún sentido pues arruinaba con mi inseguridad y exceso de control aquellos disparos.
Seguí practicando, tratando de encontrar calma en el ritual de disparar con aquél hermoso arco, mi arco. Cada día volvía a enfrentarme conmigo misma. Sólo deseaba encontrar aquel equilibrio que me permitiera relajarme pero sin dejar de perder la concentración y por sobre todo, dejar fluir naturalmente aquellas flechas que me pedían en susurros transitar su camino en paz mientras mi arco me suplicaba que lo sostuviera con suavidad y confiara en él, y sobre todo, en mi.

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