Si bien trato de no presionarme demasiado, a veces resulta inevitable que mi mente me culpe por aquellas flechas que se clavan muy lejos del blanco.
Pero un día sucedió algo que alimentó mi confianza a pesar de que aquella dificultad de no llegar a anclar y realizar una pausa prudente aún persistía. Estaba llegando cada vez más cerca de la comisura de mis labios para anclar correctamente, pero aún hacía falta tiempo de práctica para corregirlo y, por sobre todas las cosas, seguridad en mi misma.
Para volver a agrupar las flechas cerca del blanco y acrecentar aquella seguridad, mi instructor me sugirió un ejercicio provisorio. Esto me serviría momentáneamente hasta que pudiera volver a conseguir aquellos tiros confiables y seguros, originados de una postura y focalización correctas y alejados de toda preocupación consiente. Así que lo puse en práctica: sostuve el arco con firmeza, intenté relajarme y respirar adecuadamente, apunté al blanco desde el inicio y procurando no mover el brazo que sostenía el arco, tensé la cuerda y la flecha salió volando. No había llegado a anclar correctamente, cerca de la comisura de mis labios, pero la flecha había dado muy cerca del objetivo. Repetí una y otra vez aquel ejercicio y para sorpresa mía, las flechas estaban comenzando a agruparse nuevamente. Yo volvía a disfrutar tirar e inconscientemente alejaba aquella presión que había estado persiguiéndome por aquellos días.
Había terminado la clase bastante relajada, tenía ganas de quedarme más tiempo para seguir practicando pues estaba muy satisfecha con lo que había logrado, pero me propuse tomármelo con calma, no presionarme demasiado y volver en otro momento, así que decidí dar por finalizado el día.
Pero antes de guardar mi arco, tuve una sensación que no sé cómo explicar con palabras. Siempre le pido a mi instructor que arme y desarme mi arco por mi y como buen caballero me hace aquél favor, pues sigue siendo una dificultad que todavía no puedo afrontar. Ni él me presiona para que lo intente ni yo tampoco.
Sin embargo, al finalizar la clase, sentí la necesidad de desarmarlo por mi cuenta. Decidida le dije a mi instructor que iba a intentarlo, así que adopté la posición para desarmarlo: pasé mi pierna derecha por el medio de la cuerda y las palas, trabé la pala inferior en mi pie izquierdo, mis manos sujetaron con seguridad la pala superior, me incliné apenas un poco ejerciendo una leve presión sobre la empuñadura y liberé la cuerda dejándola deslizarse lentamente por la pala del arco. Lo había conseguido. Había desarmado mi arco. Mi Limay ya no se me resistía tanto y me dejó disfrutar aquél momento.
Pero eso no había sido todo, pocos días después de conseguir desarmar el arco por mi cuenta, volví a tener esa sensación, una especie de presentimiento de que podría armar el arco yo sola. Así que antes de comenzar la clase le pedí a mi instructor que me supervisara mientras lo hacía, entonces lo intenté. Si bien no pude armarlo en el primer intento, estuve muy cerca. Nuevamente repetí el ritual y un sentimiento muy intenso y feliz se apoderó de mi cuando conseguí calzar la cuerda. ¡Había conseguido armar mi arco!
Así fue como experimenté dos logros que me llenaron de una gran satisfacción.

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