La semana siguiente la clase comenzó igual como había terminado la anterior, soltando antes de anclar. Sin embargo esta vez estaba más relajada, así que había buen pronóstico.
A medida que los disparos transcurrían, conseguía llegar con mi mano cada vez más hacia mi cara. Esto era alentador, pues sabía que un problema así podía llevar años corregirlo.
Mi instructor me sugirió algunas modificaciones para intentar remendar el error, así que las puse en práctica esperando que dieran resultado.
Intenté tensar la cuerda trayendo mi brazo más por el costado izquierdo y no tan recto, como dibujando una curva invisible. Esto me ayudó bastante. Pero lo que consiguió volver un poco más a la normalidad mis anclajes y mis pausas fue precisamente no pensar en eso, no pensar en la pausa que no podía realizar, sino focalizarme en el siguiente paso, apuntar, guiar mi mano para dirigir la flecha hacia el blanco. Aquello dio un resultado sorprendente, con cada nuevo tiro el problema disminuía más y más y mi confianza aumentaba. Comprendía entonces que eran mi cuerpo y mi mente quienes dirigían el arco y la flecha y para que eso sucediera debía estar relajada y concentrada.
Si bien no agrupaba demasiado las flechas cerca del blanco, había conseguido avanzar para superar aquel error. Eso para mí era suficiente. El resto se corregiría con los días y las prácticas.
En la última ronda de la clase, una de mis flechas volvió a estrellarse en la pared. Nuevamente sobrevivió, no se quebró ni se rompió la punta, pero se apoderó de mí un leve temor. ¿Volvería a ocurrirme lo mismo que la clase anterior? Me quedaban dos flechas aún por tirar. Tratando de no pensar en lo que había ocurrido disparé. El último tiro fue muy bueno así que pude irme tranquila.
Todavía me queda un largo camino para superar mis miedos y elevar mi confianza. Pero la batalla aún no termina, más bien, recién comienza.

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