Mientras leía nuevamente el libro “Zen en el arte del tiro con arco”, en el cual Eugel Herrigel transmite su experiencia e iniciación en el tiro con arco y su acercamiento a la filosofía Zen, se apoderó de mi la idea de reseñar mi propia experiencia con esta práctica, que no sé cómo ni por qué entró en mi vida. Para que algún día, cuando sea muy, pero muy vieja, pueda volver a revivir en mi memoria esos increíbles momentos que un día tocaron a mi puerta y, dudando, los vi por la mirilla pero igual los dejé pasar, sin imaginarme lo que eso significaría.


12. Padecer, sin dejar de creer

¿Por dónde empezar? Tantas cosas por decir pero tan difíciles de explicar. A veces quisiera volver al primer día, aquella tarde donde toqué el arco por primera vez. Donde mi ingenuidad escapaba a todos estos nuevos conocimientos. Donde lo natural fluía, la presión no existía, mi mente se relajaba y las flechas salían sin esa carga de preocupaciones que llevan hoy en día y yo… no me culpaba por errar.
El conocimiento implica nuevas responsabilidades, también nos ofrece nuevos caminos, distintas alternativas que debemos aprender a enfrentar. Depende de nosotros la elección, superar las dificultades que se nos presentan, aprovechar los momentos, dar un paso atrás para reconocer los errores, aceptar los retos, llenarnos de paciencia y seguir intentando.
Por momentos siento que estoy estancada, chocándome con nuevas dificultades a cada paso que doy, rebotando una y otra vez en los obstáculos. Prisionera en un laberinto de tiros erróneos, donde tratar de escapar parece ser una misión imposible.
Viejos problemas han resurgido que me obligan a poner un freno y replantear cada paso, cada movimiento que doy. Si mi mente tan sólo se liberara… que sencillo que sería. ¿Pero tendría sentido que todo fuera tan fácil, sin tener nada con lo que enfrentarme, sin tener obstáculos que superar? Si todo fuera sencillo no existiría la satisfacción, la emoción, la alegría y el orgullo que se experimentan en el logro.
Debo dejar de luchar neciamente con el problema, debo tomar distancia para aprender a conocerlo, aceptarlo, olvidarme de el por un momento y así evitar que me torture… y hacerle frente cuando sea el momento.
Me vuelvo a enfrentar en los últimos días al viejo y conocido problema del anclaje, sin poder conseguir sacarle la máxima apertura a mi Limay, explotando  y arruinándolo todo por esa prisa de disparar que me persigue tiro tras tiro.
Valoro y admiro la paciencia que me tiene mi instructor, la calma para explicarme y corregirme una y otra vez aquellos errores  transmitiéndome esa serenidad que, confío, algún día entrará en mí.
Me encuentro replanteando mi postura, parándome más firme y erguida, enfrentando al blanco desde una nueva posición, una nueva perspectiva que me refleja más segura, aunque por dentro siga fluyendo algo de aquel miedo y esa inseguridad que me acompañan desde hace tiempo. Siento que esta nueva postura comienza lentamente, muy lentamente, a apaciguar esas sensaciones rebeldes que se aferran en mí.
Sin embargo, la magia que envuelve a esta práctica no deja de apagarse ni por un instante. Tengo fe en que algún día voy a poder vencer todo aquello que me impide conseguir la seguridad y naturalidad de un buen tiro. Algún día voy a dominar esa tormenta de tiros fallidos, aparcando el miedo y dejando surgir lo instintivo.
Debo dejar de preocuparme por el tiempo que pueda llevarme y enfocarme en creer que es posible.
Aún tengo tanto que aprender... tanto camino por transitar…
Iré tan lejos como pueda llegar.

11. Abierto ETAR 2010

Finalmente había llegado el 20 de marzo. El torneo anual organizado por la escuela daba comienzo a una cálida reunión de arqueros de variados lugares, que se enfrentaban a fin de disputarse la medalla del primer puesto y el premio mayor: un “Wesley Special” de Howard Hill Archery.
El desafío no era sencillo, una única flecha marcaba el destino del arquero, una única flecha que con su dirección decidía si el arquero seguía compitiendo o era eliminado.   
80 arqueros participaban aquél día bajo la supervisión de los 4 instructores de la escuela, los jueces de ese día. Veteranos o principiantes, eso no tenía importancia, pues el mayor reto no era enfrentarse entre ellos sino con ellos mismos. El temor, la ansiedad, el autocontrol, la relajación, cargas emocionales que jugaban un papel muy importante al momento del disparo, pues hasta el más experimentado podía sufrir las consecuencias de los nervios y caer bajo su hechizo. Todos se encontraban en igualdad de condiciones y su desempeño dependía de su propia confianza y seguridad.
Si bien había leído el reglamento y sabía en qué consistía el torneo, trataba de escuchar y prestar atención  a la explicación que se llevaba a cabo en ese instante, pero las palabras se confundían en mi cabeza y por momentos las voces se enmudecían y yo me encontraba allí parada sin comprender lo que sucedía.
Los nervios se habían apoderado de mí en los días previos a la competencia y con el transcurso de los días se acrecentaban sin parar y no me abandonaron hasta casi finalizar la jornada.
El torneo estaba dando comienzo. Los primeros 3 arqueros fueron llamados a la línea de tiro. No tenía idea en que puesto me tocaba tirar, no me había animado siquiera a mirar la lista con el orden de los participantes. El corazón me latía aceleradamente y sentía una pelota estancada en el medio del pecho. Sentía que para el resto todo trascurría con normalidad, sin embargo yo creía que en cualquier momento explotaría.
Finalmente había llegado mi turno. Con mi arco y flecha en mano me acerqué y me paré en la línea de tiro junto a los otros dos arqueros.  De frente tenía a mi instructor que estaba como juez y al acercarme me dio una mirada de aliento. Estaba muy nerviosa, mi corazón no había desacelerado su ritmo sino todo lo contrario. Me di vuelta para mirar a Andrés Verde, el responsable de la escuela, hasta que diera la orden de tiro. Cuando estaba todo en orden, volví a girar mi cabeza para ponerme en la posición correcta para tirar. Levanté mi brazo del arco y sostuve la cuerda como siempre. Podía percibir las miradas de todos. Pocos segundos después de la orden de tiro mis oídos escucharon que los otros dos arqueros ya habían ejecutado su tiro y eso terminó de intimidarme del todo.  Sólo recuerdo que miré mi brazo que sostiene el arco, luego todo desapareció por completo. Me di cuenta que la flecha ya había salido cuando vi que no había impactado en el blanco. No sé qué fue lo que sucedió pero los instantes del tiro no los recuerdo, no sé cómo fue mi posición, cómo anclé o cómo solté,  sólo recuerdo pararme en la línea, levantar el arco y ver la flecha en el paraflechas, todo lo demás se había esfumado.
En la primera ronda quedamos descalificados alrededor del 25% de los participantes, y el torneo se puso cada vez más interesante a medida que el paraflechas se alejaba. La competencia terminó con los dos arqueros que mejor supieron, no sólo controlar sus arcos y sus tiros, sino también  la presión y las emociones frente a todas esas personas.
Pero no todo fue tan malo, al ser la primera eliminada, muerta de vergüenza, recibí como premio consuelo una botella de champaña y los aplausos de la gente que dieron comienzo a la lenta desaceleración de mí alocado corazón.
Volví a casa esa tarde con una sonrisa pues, pese a la presión y los nervios que sentía por ser mi primera competencia, me animé al desafío de participar  y disfrutar por primera vez de un torneo de arquería.
-Parte 1-

-Parte 2-


(Fuente: El Apostadero TV )

Más tarde me enteraría de aquello que se había esfumado, aquello que mi mente había bloqueado para dejarlo olvidado en el fondo de mi conciencia. Había preparado bastante bien mi postura y anclaje, pero había fallado en la ejecución final del tiro. Mi ansiedad finalmente había logrado apoderarse de mi cuerpo por completo y al momento de soltar no pudo evitar adelantarse y ver donde había ido a parar aquél disparo. Esa ansiedad, imposible de controlar, me había derrotado y desviado aquella flecha.

10. Preparándome para mi primer torneo

Practicando un día en la escuela, varias semanas antes de que se realizara el torneo anual que organiza la Escuela Tradicional de Arquería (este año con el auspicio de Howard Hill Archery y Bodegas Escorihuela Gascón ), mi instructor me informó sobre aquella competencia. Me comentó en qué consistía, la mecánica del torneo… se comienza a tirar desde los 8mts., 1 flecha cada arquero. Los que pegan en el blanco (disco de examen ETAR de 29cm de diámetro –negro- y centro de 11cm –blanco-) pasan a la próxima ronda (2mts. más lejos). Los que yerran, quedan eliminados directamente si algún otro competidor acierta a esa distancia. Se avanza así el paraflechas cada dos metros hasta llegar a los 18m. En dicha distancia se cambia el disco anterior por el disco mini ETAR (14cm de diámetro –negro- y centro de 5cm –blanco-) y desde allí se realizan el resto de los tiros, hasta que queden sólo 2 arqueros, que disputarán la final. La final es a tres flechas cada uno, a 18m. El que tenga más flechas en el blanco gana. En caso de empate se define de a una flecha.
Se presentaba como un torneo sumamente duro, una única flecha, una flecha que determinaba si continuabas o no.  Un torneo donde hasta el más experimentado podía cometer un error ya que siempre estaba presente la eliminación. Cualquiera de nosotros tenía posibilidades de ganar o perder.
Aquél torneo había captado mi interés, era mi oportunidad de poner a prueba mi confianza, pero… ¿estaba dispuesta a enfrentarme a ello? Aún no lo había decidido.
La clase siguiente que tuve con mi instructor comenzó directamente con una práctica para aquel torneo. No recuerdo haber decidido si participaría o no hasta ese entonces, pero supongo que mi instructor intuyó aquellas ganas que sentía dentro mío de participar y antes de que me diera cuenta y sin preámbulos me inició en aquel entrenamiento.
Comencé la práctica tirando flechas a un pequeño papel a 8 metros de distancia para luego seguir avanzando cada dos metros hasta llegar a los 18 y así ir tomando confianza para adaptarme a cada distancia.
Luego, hacia mitad de la clase, la situación se puso aún más interesante. Aquél pequeño papel blanco fue reemplazado por mi instructor por el disco de examen, similar al que se utilizaría en el torneo. Simulamos la competencia como debía ser: una única flecha a 8 metros y avanzaba 2 metros más si acertaba. Pero algunas distancias me intimidaban, la inseguridad se apoderaba de mí… y los errores se hacían evidentes. Nuevamente volvíamos a los 8 metros para reiniciar el simulacro.
¿Cómo haría para vencer mis miedos? ¿Cómo haría para aumentar mi confianza? Eran obstáculos que hacía tiempo intentaba superar, sólo que ahora una fecha se aproximaba, la del torneo. Para colmo, la presión, la ansiedad y la duda intentaban ganarme la batalla y por momentos lo conseguían.
¿Cómo sería aquel día? Lo imaginaba una y otra vez en mi cabeza, cerraba los ojos y veía a los arqueros disparando sus flechas, podía ver la gente alrededor, era mucha, eso me asustaba un poco pues estaba acostumbrada a tirar con dos o tres arqueros como mucho y nunca con tantos espectadores. Aquello también implicaba una prueba a vencer.
 En cada oportunidad que tenía de ir a la escuela practicaba para aquel día. Intentaba contener mi frustración por los errores que cometía. La presión parecía no alejarse sino todo lo contrario, se afianzaba aún más. No conseguía relajarme y mi cabeza me jugaba una mala pasada.
Mi instructor me recordaba que tenía la capacidad suficiente para realizar  buenos tiros pues mi postura y focalización eran correctas, y había casi dejado atrás aquel problema de la falta de pausa al anclar. Pero debía relajarme, disfrutar y confiar en mí misma, sino todo aquello que había logrado no tenía ningún sentido pues arruinaba con mi inseguridad y exceso de control aquellos disparos.
Seguí practicando, tratando de encontrar calma en el ritual de disparar con aquél hermoso arco, mi arco. Cada día volvía a enfrentarme conmigo misma. Sólo deseaba encontrar aquel equilibrio que me permitiera relajarme pero sin dejar de perder la concentración y por sobre todo, dejar fluir naturalmente aquellas flechas que me pedían en susurros transitar su camino en paz mientras mi arco me suplicaba que lo sostuviera con suavidad y confiara en él, y sobre todo, en mi. 

09. Dos simples pero grandes satisfacciones

Si bien trato de no presionarme demasiado, a veces resulta inevitable que mi mente me culpe por aquellas flechas que se clavan muy lejos del blanco.
Pero un día sucedió algo que alimentó mi confianza a pesar de que aquella dificultad de no llegar a anclar y realizar una pausa prudente aún persistía. Estaba llegando cada vez más cerca de la comisura de mis labios para anclar correctamente, pero aún hacía falta tiempo de práctica para corregirlo y, por sobre todas las cosas, seguridad en mi misma.
Para volver a agrupar las flechas cerca del blanco y acrecentar aquella seguridad, mi instructor me sugirió un ejercicio provisorio. Esto me serviría momentáneamente hasta que pudiera volver a conseguir aquellos tiros confiables y seguros, originados de una postura y focalización correctas y alejados de toda preocupación consiente. Así que lo puse en práctica: sostuve el arco con firmeza, intenté relajarme y respirar adecuadamente, apunté al blanco desde el inicio y procurando no mover el brazo que sostenía el arco, tensé la cuerda y la flecha salió volando. No había llegado a anclar correctamente, cerca de la comisura de mis labios, pero la flecha había dado muy cerca del objetivo. Repetí una y otra vez aquel ejercicio y para sorpresa mía, las flechas estaban comenzando a agruparse nuevamente. Yo volvía a disfrutar tirar e inconscientemente alejaba aquella presión que había estado persiguiéndome por aquellos días.
Había terminado la clase bastante relajada, tenía ganas de quedarme más tiempo para seguir practicando pues estaba muy satisfecha con lo que había logrado, pero me propuse tomármelo con calma, no presionarme demasiado y volver en otro momento, así que decidí dar por finalizado el día.
Pero antes de guardar mi arco, tuve una sensación que no sé cómo explicar con palabras. Siempre le pido a mi instructor que arme y desarme mi arco por mi y como buen caballero me hace aquél favor, pues sigue siendo una dificultad que todavía no puedo afrontar. Ni él me presiona para que lo intente ni yo tampoco.
Sin embargo, al finalizar la clase, sentí la necesidad de desarmarlo por mi cuenta. Decidida le dije a mi instructor que iba a intentarlo, así que adopté la posición para desarmarlo: pasé mi pierna derecha por el medio de la cuerda y las palas, trabé la pala inferior en mi pie izquierdo, mis manos sujetaron con seguridad la pala superior, me incliné apenas un poco ejerciendo una leve presión sobre la empuñadura y liberé la cuerda dejándola deslizarse lentamente por la pala del arco. Lo había conseguido. Había desarmado mi arco. Mi Limay ya no se me resistía tanto y me dejó disfrutar  aquél momento.
Pero eso no había sido todo, pocos días después de conseguir desarmar el arco por mi cuenta, volví a tener esa sensación, una especie de presentimiento de que podría armar el arco yo sola. Así que antes de comenzar la clase le pedí a mi instructor que me supervisara mientras lo hacía, entonces lo intenté. Si bien no pude armarlo en el primer intento, estuve muy cerca. Nuevamente repetí el ritual y un sentimiento muy intenso y feliz se apoderó de mi cuando conseguí calzar la cuerda. ¡Había conseguido armar mi arco!
Así fue como experimenté dos logros que me llenaron de una gran satisfacción.

08. Enmendando contrariedades

La semana siguiente la clase comenzó igual como había terminado la anterior, soltando antes de anclar. Sin embargo esta vez estaba más relajada, así que había buen pronóstico.
A medida que los disparos transcurrían, conseguía llegar con mi mano cada vez más hacia mi cara. Esto era alentador, pues sabía que un problema así podía llevar años corregirlo.
Mi instructor me sugirió algunas modificaciones para intentar remendar el error, así que las puse en práctica esperando que dieran resultado.
Intenté tensar la cuerda trayendo mi brazo más por el costado izquierdo y no tan recto, como dibujando una curva invisible. Esto me ayudó bastante. Pero lo que consiguió volver un poco más a la normalidad mis anclajes y mis pausas fue precisamente no pensar en eso, no pensar en la pausa que no podía realizar, sino focalizarme en el siguiente paso, apuntar, guiar mi mano para dirigir la flecha hacia el blanco. Aquello dio un resultado sorprendente, con cada nuevo tiro el problema disminuía más y más y mi confianza aumentaba. Comprendía entonces que eran mi cuerpo y mi mente quienes dirigían el arco y la flecha y para que eso sucediera debía estar relajada y concentrada.
Si bien no agrupaba demasiado las flechas cerca del blanco, había conseguido avanzar para superar aquel error. Eso para mí era suficiente. El resto se corregiría con los días y las prácticas.
En la última ronda de la clase, una de mis flechas volvió a estrellarse en la pared. Nuevamente sobrevivió, no se quebró ni se rompió la punta, pero se apoderó de mí un leve temor. ¿Volvería a ocurrirme lo mismo que la clase anterior? Me quedaban dos flechas aún por tirar. Tratando de no pensar en lo que había ocurrido disparé. El último tiro fue muy bueno así que pude irme tranquila. 
Todavía me queda un largo camino para superar mis miedos y elevar mi confianza. Pero la batalla aún no termina, más bien, recién comienza.

Esta sección recopila cuentos y textos extraídos de distintos lugares. Se respeta la autoría de dichos escritos aclarando, en el caso de ser posible, el autor del mismo.

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