Aquél día fue insólito, ni mi instructor ni yo podíamos creer lo que estaba sucediendo.
En los meses que vengo practicando tiro con arco tiendo, generalmente, a hacer pausas largas luego de llevar la cuerda a mi cara y anclar el nock en mis labios, justo antes de soltar la flecha. Era lo que cotidianamente debíamos corregir, el acortar esas pausas y liberar suavemente mi mano, casi sin darme cuenta, dejar volar libre la flecha.
Luego de unos meses de práctica casi había logrado superar esta etapa y estábamos enfocándonos en aumentar la seguridad y determinación al momento del disparo, a elevar la confianza de que la flecha iba a dar en el blanco, pues últimamente esta falta de confianza me llevaba a realizar tiros dudosos que modificaban y desalineaban mi postura antes y durante el disparo, lo cual obviamente me hacia errar.
Pero ese día todo había cambiado. La clase no había comenzado del todo bien. Venía de una semana agotadora, cansada física y mentalmente. Una de las primeras flechas de la clase había dado a parar justo en la pared provocando un sonido seco y un ánimo muy desalentador. Por suerte la flecha sobrevivió a tremendo golpe.
Si bien ninguna otra flecha se estrelló contra aquella pared negra, mi confianza había disminuido. Los siguientes tiros fueron los peores que había hecho desde que inicié con las clases. En cada tiro mis ojos se cerraban, apartaba la vista, movía mi brazo o trababa la cuerda al soltar. Y entonces ocurría, las flechas iban a parar a cualquier lugar, al lugar donde yo menos quería. Una llegó a clavarse en el paraflechas contiguo.
Pero esto no era todo. De pronto, en un cierto disparo, mi mano no llegó hasta mis labios por lo tanto no había llegado a anclar correctamente. Pensé que había sucedido porque me había apresurado a tirar, así que volví a intentar con otro tiro, pero nuevamente ocurrió lo mismo. Soltaba antes de anclar. ¿Cómo era posible? Lo repetí una vez más. Algo estaba pasando. Una y otra vez el tiro salía igual. Era imposible llegar con la cuerda hasta mi boca, soltaba en cada tiro antes de tiempo.
Mi instructor y yo nos quedamos anonadados. Yo no podía creer lo. Durante casi diez meses las pausas habían sido eternas, el tiempo que me tomaba para liberar la cuerda era demasiado y ahora, todo lo contrario, prácticamente no existía, mi mano se liberaba involuntariamente durante la tensada y mi cabeza no me permitía corregir el error.
Intentamos con distintas técnicas para corregir el problema, pero ese día, parecía imposible de cambiar.
Con un ejercicio que me pidió mi instructor que realizara descubrimos que el problema se producía por un exceso de ansiedad y no de exceso de control.
Esa tarde no hubo forma de corregirlo, el día y mi mente no se prestaban para eso, así que terminamos la clase conscientes de que eran necesarios unos días de relajación.

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