Mientras leía nuevamente el libro “Zen en el arte del tiro con arco”, en el cual Eugel Herrigel transmite su experiencia e iniciación en el tiro con arco y su acercamiento a la filosofía Zen, se apoderó de mi la idea de reseñar mi propia experiencia con esta práctica, que no sé cómo ni por qué entró en mi vida. Para que algún día, cuando sea muy, pero muy vieja, pueda volver a revivir en mi memoria esos increíbles momentos que un día tocaron a mi puerta y, dudando, los vi por la mirilla pero igual los dejé pasar, sin imaginarme lo que eso significaría.


06. Mi arco, mi "Limay"

Pocos días antes de realizar mi segundo examen había encargado “mi arco”. Después de investigar y elegir colores, maderas y formas, con la ayuda de mi instructor encargué mi primer arco en “Colorado Arquería”.
Elegí un “Limay”, un longbow con empuñadura anatómica, de maderas de guayacán y bambú  recubierto con fibra de vidrio transparente.
Sabía que el arco tardaría unos dos o tres meses en llegar. Esta vez debía ser muy pero muy paciente pues no dependía de mí.  Las semanas pasaban y yo pasaba las semanas sin noticias de mi arco. De vez en cuando me olvidaba y de vez en cuando me acordaba, lo que hacía más difícil la espera.
Un poco más de dos meses desde que lo había encargado, llegó a la escuela mi arco, apenas unos días después de mi cumpleaños. Estaba más que entusiasmada, muy ansiosa, con muchas expectativas, era una mezcla de emociones que se cruzaban dentro de mí.
Mi instructor me entregó el arco y captó la sonrisa que se dibujaba en mi cara de oreja a oreja. Lo tomé en mis manos. Venía enfundado en una tela negra muy suave. Por un instante me dio miedo sacarlo de aquella funda, parecía tan protegido en ella que no quería arruinarlo. Pero tomé coraje y comencé a desatar la cuerda que sujetaba uno de los extremos. Lo apoyé sobre una mesa grande que hay en la escuela y con mucho cuidado empecé a desenfundarlo. Muy lentamente iba emergiendo el arco de la funda. Comenzaba a vislumbrar esa hermosa madera, ese bambú tan amarillo y brilloso y el guayacán de la empuñadura con unas vetas marrones preciosas. Mis manos seguían haciendo todo con sumo cuidado, mientras mis ojos se ponían contentos con lo que veían.  
Por fin tenía el arco en mis manos, se sentía muy liviano, no pesaba tanto como el de la escuela. Era hermoso sostenerlo. La empuñadura era perfecta y tenía la ventana, el reposaflechas en el lugar indicado. Mis ojos no cesaban de admirarlo. Lo daba vueltas una y otra vez, tratando de no perderme de un solo detalle. Encontré el logo de la fábrica, un pequeño y delicado ciervo tallado sobre la empuñadura y mis iniciales escritas en el interior de sus palas “M.L.M.” no cabía duda que aquél era mi arco, el arco que tanto había esperado.
No sé muy bien cómo explicarlo, parecía que el arco emitía pureza y fragilidad pero a la vez se sentía potente y dispuesto a afrontar cualquier obstáculo que se presentase. ¿O tal vez era yo la que se sentía frágil  ante aquel arco poderoso?
Mi instructor se acercó y me indicó como colocarle la cuerda al arco. Yo trataba de memorizar sus movimientos para poder imitarlos más adelante.
Nos acercamos a la línea de tiro y comenzamos la clase como el resto, haciendo un precalentamiento tensando y destensando el arco para preparar los músculos de la espalda.
Tensé mi “Limay” por primera vez. No fue nada fácil. Costó más de lo que creía pues venía trabajando con un arco de unas 28 libras y ahora el mío tenía unas 33 libras. Las primeras clases con mi arco me costó bastante abrirlo, pero cada semana progresaba y se hacía más sencillo.
Las primeras flechas que disparé con él se sintieron súper potentes, salían con una fuerza extraordinaria. Ya no debía apuntar más arriba del blanco, pues ahora las flechas volaban más rectas, sin tanta curva debido a la potencia del arco. Que lindo que se sentía, que gratitud, que energía.
Cada vez me iba acostumbrando más a mi arco, comenzaba a conocerlo y él me conocía a mí.
A lo que todavía ninguno de los dos nos acostumbrábamos era a armarnos. Debía ponerle la cuerda antes de comenzar a usarlo y sacársela cuando terminaba, pues es importante que el arco, que sus maderas, permanezcan libres, sin tensión mientras no se lo utiliza.
Parecía sencillo, pero no lo era, o al menos para mí. Yo no tenía la confianza suficiente para sujetarlo y doblar sus palas para calzar la cuerda, sentía que podía quebrarlo, no me animaba y él tampoco se animaba a dejarme que lo intentara pues ofrecía una resistencia que yo no podía superar. Así que todavía debía pedir ayuda a mi instructor para armarlo.
Con paciencia seguí practicando el armado, pidiéndole cada día que me dejara llegar un poco más lejos, que me dejara doblarlo un poco más. Creo que necesita tiempo… y yo también.

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