Mientras leía nuevamente el libro “Zen en el arte del tiro con arco”, en el cual Eugel Herrigel transmite su experiencia e iniciación en el tiro con arco y su acercamiento a la filosofía Zen, se apoderó de mi la idea de reseñar mi propia experiencia con esta práctica, que no sé cómo ni por qué entró en mi vida. Para que algún día, cuando sea muy, pero muy vieja, pueda volver a revivir en mi memoria esos increíbles momentos que un día tocaron a mi puerta y, dudando, los vi por la mirilla pero igual los dejé pasar, sin imaginarme lo que eso significaría.


01. Tocando el arco por primera vez.

Creo que desde hace muchos años me sentí atraída por esta práctica.
Siempre captaron mi curiosidad los arqueros que veía en las películas. Veía ese movimiento solemne cuando estiraban el arco, tan concentrados en su objetivo. Simplemente conseguían mi interés.
No puedo explicarlo, pero creo que siempre estuvieron dentro mío esas ganas de alguna vez poder disparar esos arcos y flechas.
En el verano del 2009, estando de vacaciones con una de mis mejores amigas, visitamos un lugar encantador, unas Termas en la Costa Atlántica. 
Estando allí, nos topamos con un puesto de arquería que inmediatamente llamó mi atención. Como en ese momento el único instructor del puesto estaba ocupado enseñando a otros visitantes, decidimos realizar otra actividad para aprovechar el tiempo.  Así que nos decidimos a andar en karting, una elección muy acertada, por cierto, pues no sólo nos descostillamos de la risa sino que  nos llevó a uno de los extremos de las Termas donde pudimos embobarnos con un paisaje sumamente increíble.
Pero sabía dentro mío que tenía que volver  a aquel puesto de arquería, que no podía dejar pasar esa oportunidad de poder tirar con un arco. Así que volvimos.
Otra vez había gente, pero mi amiga me acompañó incondicionalmente en la espera. El tiempo no pasaba más y yo estaba cada vez más impaciente. Esperando sentada sobre unas piedras a un costado del puesto veía pasar  una y otra vez a los clientes que me precedían.
El tiempo nos apuraba un poco pues la camioneta que nos recogería llegaría en cualquier momento para llevarnos nuevamente hasta el centro de San Clemente.

Pero como ya habíamos recorrido todo el parque y habíamos realizado las típicas compras turísticas, sólo nos quedaba esperar. Entonces esperamos, sin olvidarnos de mirar el reloj de vez en cuando.  
Al fin llegó mi turno. Me acerqué hasta la línea de tiro presentándome al instructor.
No puedo decirles si el corazón me latía fuerte, despacio o normal porque no lo recuerdo. Pero sí recuerdo que se sentía muy bien, era algo agradable.
Muy amablemente el instructor me indicaba como ponerme los protectores de la mano y el antebrazo y me explicaba las reglas básicas de seguridad. Si bien yo sabía lo que iba a decirme, pues había escuchado una y otra vez atentamente mientras les explicaba a los clientes anteriores, de todas formas lo escuché con precisión; no quería perderme ni una palabra, esta vez era mi turno y no quería desaprovecharlo.
Luego me hizo una pequeña y simple prueba para saber cuál era mi ojo dominante y así saber con cual mano sostendría el arco y con cual tensaría la cuerda. No importaba si era zurda o diestra todo dependía del ojo.
La prueba consistía en sostener, con los brazos extendidos a la altura de la cara, un círculo con un orificio en el centro y mirar a través de él un objeto a lo lejos. Luego debía cerrar un ojo, volverlo a abrir y cerrar el opuesto. El ojo con el que podía ver el objeto  a la distancia sería mi ojo dominante. El ojo dominante, es aquel con mayor agudeza visual, el que domina la visión de profundidad, mientras el otro domina la periférica y espacial principalmente haciendo llegar entre ambos una imagen tridimensional a nuestro cerebro. Esta prueba era muy importante porque de ella dependería el tipo de arco que usaría.
Pero yo ya había hecho esa prueba. Mi ansiedad era increíble y me había llevado a realizar la prueba mientras esperaba sentada a un costado. De todas formas mientras reíamos al comentarle que ya lo había hecho, le pedí que lo hiciéramos nuevamente bajo su supervisión para ver si lo había realizado de la forma correcta. Era una prueba sumamente sencilla, pero no quería comenzar dando un paso en falso.
Efectivamente mi ojo dominante era el izquierdo, por lo tanto debía utilizar un arco para zurdos, lo que implicaba tomar el arco con la mano derecha y realizar el movimiento más complicado, el de tensar la cuerda, con mi mano izquierda, algo más que extraño pues toda mi vida fui diestra. La única diferencia entre un arco zurdo y uno diestro se encuentra en que en el arco diestro la ventana en el arco está a la izquierda y en un arco zurdo se encuentra en el lado contrario.
Si bien concentraba toda mi atención en sus palabras, no veía la hora de que me diera el arco. Por fin ese momento llegó. Lo tomé en mis manos. Lo sentía pesado, pero eso no me desanimó.
Me sentía intensamente bien y una vez que lo tuve en mis manos me indicó la posición que debía adoptar y me guió para tensarlo por primera vez, o sea llevar la cuerda hacia la cara mientras mantenía firme el brazo delantero.
Lo tensé. Se sentía muy duro, debía hacer bastante fuerza para abrirlo y llegar con mi mano izquierda a la altura de mi boca. Así que lo destensé y tensé una y otra vez hasta sentirme más segura. Luego vino el turno de la flecha, así que me enseñó a colocarla en su posición.
Y así llegó el primer disparo. Se sentía sumamente raro, pero me había encantado.
Obviamente no dio en el objetivo pero por lo menos había pegado dentro del paraflechas. Parece sencillo pero no es tan fácil acertar por primera vez a 15 metros de distancia. 
Me sentía ansiosa por volver a tirar así que tomé mi segunda flecha y tratando de aplicar lo que el instructor me había indicado disparé por segunda vez. Luego una tercera, una cuarta y una quinta; siempre guiada por su voz que me indicaba y corregía amablemente la postura. Si bien ninguna de las flechas daba en el centro, se estaban acercando. A cada momento el instructor me decía que me relajara pero yo, inconscientemente, me negaba a ello pues creía que para acertar debía calcular perfectamente el tiro.
Tiré luego mi última flecha, la sexta, pero tampoco había acertado en el centro del blanco. De regalo, como hacía con todos los clientes, nos dejaba tirar una última y séptima flecha. Después de esta ya no había más, a menos que volviera a pagar, claro. 
Me dio una última indicación y me volvió a repetir que me relajara, mientras se acercaba a mi amiga para indicarle, como había hecho conmigo, a ponerse los protectores pues venía su turno.
Sabía que ya no quedaban más flechas y que tampoco tenía demasiado tiempo para otra ronda pues en cualquier momento llegaría la camioneta. Así que me propuse disfrutar de ese último tiro.
No me pregunten cómo, ni qué hice, porque no sé exactamente bien como fue. Parece ser que me relajé. El tiro dio en el centro, sí, sí, en el centro, aunque no lo crean (yo tampoco podía creerlo).
La satisfacción que sentí fue enorme, no la puedo explicar. Me fui tan contenta de ese lugar que por los siguientes días no pude sacármelo de la cabeza. No porque había acertado esa última flecha sino que el hecho de tirar con el arco me llenó de una gratitud inmensa. Algo dentro de mí había cambiado, sabía con seguridad, con una seguridad que jamás había experimentado en mi vida, que quería volver a tirar.
Fue entonces cuando de regreso en Capital comencé a buscar lugares que se dedicaran a la práctica del tiro con arco.

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