Mientras leía nuevamente el libro “Zen en el arte del tiro con arco”, en el cual Eugel Herrigel transmite su experiencia e iniciación en el tiro con arco y su acercamiento a la filosofía Zen, se apoderó de mi la idea de reseñar mi propia experiencia con esta práctica, que no sé cómo ni por qué entró en mi vida. Para que algún día, cuando sea muy, pero muy vieja, pueda volver a revivir en mi memoria esos increíbles momentos que un día tocaron a mi puerta y, dudando, los vi por la mirilla pero igual los dejé pasar, sin imaginarme lo que eso significaría.


16. El caballo que se convirtió en arco

Se levantó como de costumbre mientras aún todos dormían. Una ducha y un delicioso café la despertaron por completo. Preparada para comenzar el día salió antes del amanecer. Ese día era cerca, sólo una hora de viaje la separaba de su destino.
Cómo todavía era temprano decidió bajarse dos paradas antes y tomó el camino más largo para evitar las calles edificadas. Aprovechó el tiempo que le sobraba y disfrutó caminando por el parque sin apuro, impregnando sus pulmones con el aroma de la naturaleza. Las piedritas naranjas tiñeron sus zapatillas blancas pero eso no le importó y siguió caminando por aquel sendero. El sol se hizo presente lentamente para apaciguar el frio de los últimos días de invierno y le dio color al pasto y  a los árboles. Atravesó el corazón del parque y por unos instantes se sintió fuera de la aturdidora ciudad. Pero cuando llegó al extremo de su bosque imaginario las agujas del reloj se ajustaron para iniciar la rutina laboral.
El día pareció transcurrir con normalidad. Los timbres y la voz del locutor daban comienzo a cada prueba mientras los jinetes salían a la pista montando sus hermosos caballos.
El visor de la cámara pasó a formar parte de sus ojos y el lente  se convirtió en una extensión de su mano izquierda. Sus pies se fundieron en el suelo. Su torso y la cámara se movieron al mismo ritmo y dirección guiados por el manillar que sostenía su mano derecha.  
Ese día, hacia el final de la tarde mientras el sol se iba sin pedir permiso, su mente reclamó un respiro y el piloto automático pasó a controlar la situación.
Un zaino, oscuro como la noche, entró a la pista despreocupado. Su jinete repasó en segundos el recorrido que debía realizar y al sonar el timbre le dio la orden a su potrillo para iniciar el galope. Su cola y sus crines negras flotaron por la acción del viento loco y salvaje. Las vallas, marcadas con sus franjas de colores, los esperaron desafiantes  pero por dentro imploraron resistir a sus saltos.
Por alguna razón que no pudo explicar, la distancia que la separaba de aquel caballo y su jinete se redujo. El alrededor se desvaneció. Su imaginación se abrió camino entre tantos pensamientos y dejó emerger una curiosa imagen. El imponente caballo  se transformó lentamente en arco, oscuro como aquel potrillo. Mientras ella pasó a ocupar el lugar del jinete, el mandil se convirtió en empuñadura y las crines y la larga cola construyeron una cuerda. La próxima valla era su blanco, la diana que debía acertar. El caballo, ahora transformado en arco, se dispuso a cumplir las órdenes de su jinete-arquera que con decisión fijó su vista en aquellas vallas transmutadas en blanco circular.  Al igual que el jinete, esperó el momento justo. Y cuando él aflojó las riendas para permitir el salto, ella relajó su manó para dejar escapar la flecha.
Y sin perderlos de vista con su gigante cámara, cada valla fue un blanco y cada caballo, un arco.


15. Sueño o futura realidad

La noche pasa lenta. La penumbra ya no alcanza y la luz de la videocasetera se impone sobre la oscuridad del cuarto marcando algo más de las 3am mientras el sueño se niega a llegar manteniendo mi mente despierta. Mis ojos se abren y cierran y me tienen a su merced. Los obligo a cerrarse nuevamente temiendo que aparezca el sol, pero siguen resistiéndose sin dejar de contradecirme.
Inevitablemente mi conciencia resume con prisa los recuerdos del día y le impone sus pensamientos. Lo nunca dicho me regaña y luego se disuelve en el silencio.
Insaciable, mi mente sigue trayendo recuerdos aun más viejos y los veo venir sin poder hacer nada. Una pose incorrecta, los hombros demasiado tensos y la cabeza muy erguida. Sonrio al repasar aquellas faltas que de a poco he podido superar y que de vez en cuando quieren volver pero les hago frente sin demasiados inconvenientes.
Sin embargo mi mano sigue dándome batalla, negándose a anclar correctamente. Una batalla interminable y agotadora. Mi mente se burla de mí por ser tan ilusa y más despierta que yo me recuerda y se jacta de que es ella la culpable de aquel error mientras me obliga a dejar de inventar motivos.
 Y entre aquellos pensamientos irrumpe una imagen, como una visión. Mi cuerpo relajado sostiene el arco con firmeza y mi mano llega naturalmente hasta mis labios sin inconvenientes. El objetivo se hace visible. En cámara lenta mi mano deja escapar la cuerda,  la flecha se desliza suavemente a través del arco y emprende su triunfante vuelo hasta el centro del blanco.
Tímidamente le pregunto a aquella imagen si tanto soñarla se hará realidad. Pero no me responde y se limita a sonreír mientras se esconde en el rincón de mi conciencia en donde habita. Y entonces le digo que voy a  seguir aprendiendo para entender aquel conjuro; que no voy a dejarla ir.
Mi cuerpo cansado sigue preso de mi mente, esa mente que juega a ganarme, pero que poco a poco se adormece exhausta de tantos pensamientos y le da permiso a mis ojos de cerrarse lentamente dejando que la historia se acabe antes de que salga el sol. 

14. Un nuevo comienzo. Empezando a ganarle la batalla a la ansiedad.

La clase había comenzado como de costumbre. Legué, armé mi arco, me paré en la línea de tiro, precalenté con algunas tensadas los músculos de mi espalda y comencé a tirar. Si bien seguí manteniendo mi postura más firme y segura como en la última clase, el anclaje correcto y esa pausa prudente que me permiten alinear mi arco hacia el blanco seguían fallando y todo indicaba que continuaría así por el resto de la clase.
Pero estaba predestinado a ser un nuevo día, un nuevo comienzo. Un día donde, después de mucho tiempo, era yo la que volvía a controlar mi arco, mi cuerda, mis flechas, era yo la que volvía a controlar mi mente. Esa ansiedad que me obligaba a soltar la cuerda antes de tiempo, sin siquiera permitirme llegar a anclar correctamente, comenzaba a ser derrotada.
Mi instructor me había planteado un nuevo reto, un nuevo ejercicio para ver si podía vencer aquella dificultad. Y efectivamente él había dado en el blanco.
Me propuso volver a aquel arco con el que había comenzado, el viejo arco azul  de escuela, aquel arco de fibra de vidrio de 20 libras con el que había dado mis primeros pasos.
Tuve una sensación extraña, como esperanzadora, cuando volví a tomar en mis manos aquel arco azul. Apenas lo sentía, su peso parecía como el de una pluma. Y pensar que me había costado abrirlo en mis primeras clases. Ahora tensarlo no implicaba ninguna dificultad, la cuerda llegaba suavemente hasta mi boca sin un mínimo de esfuerzo. Que agradable, que tranquilizador… que relajante. Esta vez percibía que podría realizar una buena pausa.
Con el paraflechas más cerca tensé el arco azul, esta vez con la flecha, dispuesta a tirar controlando la prisa. Sin embargo volvía a explotar, a soltar apresuradamente. ¿Cómo era posible si el arco no me imponía resistencia al abrirlo? ¿Cómo no podía permanecer con el anclaje junto a mis labios, por apenas unos segundos, si era tan sencillo tensarlo? Era gracioso como se ponía en evidencia aquello que me impedía lograr la pausa. No era cuestión de fuerza lo que me impedía conseguir mi objetivo. Era tan evidente como mi mente controlaba todo, como mi ansiedad e inseguridad me dominaban. Conseguía tensar y anclar correctamente ambos arcos, pero cuando la flecha se encontraba allí, parecía que no existía forma de lograrlo.
Pero seguí intentándolo. De a poco tensaba una y otra vez el arco azul con la flecha, esperando la orden de mi instructor para poder soltar. A veces las flechas salían antes de tiempo y otras se quedaban junto a mí exagerando la pausa para que pudiera grabarla en mi mente.
Refugiándome en esa sensación tan gratificante de ver a mis flechas agruparse nuevamente, intercalaba las rondas probando con uno y otro arco. Las pausas con al arco azul comenzaban a durar el tiempo que yo quería y aunque con mi Limay no podían durar demasiado, al menos, la flecha se quedaba unos instantes hasta que mi mano la dejaba ir.
Qué bien que me sentía, parecía que estaba en otro cuerpo, estaba completamente relajada, la tensión había desaparecido y en mi interior se dibujaba e impregnaba aquel logro.
Lo que parecía imposible dejaba de serlo. Las barreras estaban comenzando a desintegrarse y el nuevo destino de mis flechas estaba renaciendo, tomando forma.
Gracias Diego.

13. Otro mundo

Sensaciones extrañas que me transportan a otro tiempo, otro lugar. Responsables de ellas son esas clases que se suceden semana tras semana en la escuela. Donde se renueva mi filosofía, donde mi historia y mi memoria se siguen escribiendo.
Es todo lo contrario a sentir los pies sobre la tierra porque cada vez que cierro la puerta, detrás de mí queda el mundo exterior, el afuera definitivamente queda afuera y deja de existir, al menos, por esa hora de clase.
Un lugar cálido, seguro, con toque de misterio y solemnidad, donde se respira tranquilidad y en el aire reposa la calma.
Un lugar donde  a veces los tiros no salen como quiero, alejando mis flechas del blanco más de lo necesario. Pero la frustración del momento y aquellas sensaciones negativas se compensan y equilibran con aquel cosmos mágico.
Muchas veces pienso en el valor de la enseñanza, en la paciencia de los instructores y la calma que transmiten, como maestros orientales de aquellos viejos tiempos que transmitieron su sabiduría con respeto y conciencia, defendiendo el significado de esta práctica. Pienso en la calidez de los arqueros que me cruzo semana tras semana. Esto va formando parte y dándole sentido a esta valiosa experiencia.
Me alegra tener un lugar donde refugiarme. Un lugar que me permita conocerme, aceptarme. Un lugar que me plantee desafíos para superarme. Un lugar, un mundo, que tanto en los errores como en los aciertos no haga desaparecer mi sonrisa.

12. Padecer, sin dejar de creer

¿Por dónde empezar? Tantas cosas por decir pero tan difíciles de explicar. A veces quisiera volver al primer día, aquella tarde donde toqué el arco por primera vez. Donde mi ingenuidad escapaba a todos estos nuevos conocimientos. Donde lo natural fluía, la presión no existía, mi mente se relajaba y las flechas salían sin esa carga de preocupaciones que llevan hoy en día y yo… no me culpaba por errar.
El conocimiento implica nuevas responsabilidades, también nos ofrece nuevos caminos, distintas alternativas que debemos aprender a enfrentar. Depende de nosotros la elección, superar las dificultades que se nos presentan, aprovechar los momentos, dar un paso atrás para reconocer los errores, aceptar los retos, llenarnos de paciencia y seguir intentando.
Por momentos siento que estoy estancada, chocándome con nuevas dificultades a cada paso que doy, rebotando una y otra vez en los obstáculos. Prisionera en un laberinto de tiros erróneos, donde tratar de escapar parece ser una misión imposible.
Viejos problemas han resurgido que me obligan a poner un freno y replantear cada paso, cada movimiento que doy. Si mi mente tan sólo se liberara… que sencillo que sería. ¿Pero tendría sentido que todo fuera tan fácil, sin tener nada con lo que enfrentarme, sin tener obstáculos que superar? Si todo fuera sencillo no existiría la satisfacción, la emoción, la alegría y el orgullo que se experimentan en el logro.
Debo dejar de luchar neciamente con el problema, debo tomar distancia para aprender a conocerlo, aceptarlo, olvidarme de el por un momento y así evitar que me torture… y hacerle frente cuando sea el momento.
Me vuelvo a enfrentar en los últimos días al viejo y conocido problema del anclaje, sin poder conseguir sacarle la máxima apertura a mi Limay, explotando  y arruinándolo todo por esa prisa de disparar que me persigue tiro tras tiro.
Valoro y admiro la paciencia que me tiene mi instructor, la calma para explicarme y corregirme una y otra vez aquellos errores  transmitiéndome esa serenidad que, confío, algún día entrará en mí.
Me encuentro replanteando mi postura, parándome más firme y erguida, enfrentando al blanco desde una nueva posición, una nueva perspectiva que me refleja más segura, aunque por dentro siga fluyendo algo de aquel miedo y esa inseguridad que me acompañan desde hace tiempo. Siento que esta nueva postura comienza lentamente, muy lentamente, a apaciguar esas sensaciones rebeldes que se aferran en mí.
Sin embargo, la magia que envuelve a esta práctica no deja de apagarse ni por un instante. Tengo fe en que algún día voy a poder vencer todo aquello que me impide conseguir la seguridad y naturalidad de un buen tiro. Algún día voy a dominar esa tormenta de tiros fallidos, aparcando el miedo y dejando surgir lo instintivo.
Debo dejar de preocuparme por el tiempo que pueda llevarme y enfocarme en creer que es posible.
Aún tengo tanto que aprender... tanto camino por transitar…
Iré tan lejos como pueda llegar.

11. Abierto ETAR 2010

Finalmente había llegado el 20 de marzo. El torneo anual organizado por la escuela daba comienzo a una cálida reunión de arqueros de variados lugares, que se enfrentaban a fin de disputarse la medalla del primer puesto y el premio mayor: un “Wesley Special” de Howard Hill Archery.
El desafío no era sencillo, una única flecha marcaba el destino del arquero, una única flecha que con su dirección decidía si el arquero seguía compitiendo o era eliminado.   
80 arqueros participaban aquél día bajo la supervisión de los 4 instructores de la escuela, los jueces de ese día. Veteranos o principiantes, eso no tenía importancia, pues el mayor reto no era enfrentarse entre ellos sino con ellos mismos. El temor, la ansiedad, el autocontrol, la relajación, cargas emocionales que jugaban un papel muy importante al momento del disparo, pues hasta el más experimentado podía sufrir las consecuencias de los nervios y caer bajo su hechizo. Todos se encontraban en igualdad de condiciones y su desempeño dependía de su propia confianza y seguridad.
Si bien había leído el reglamento y sabía en qué consistía el torneo, trataba de escuchar y prestar atención  a la explicación que se llevaba a cabo en ese instante, pero las palabras se confundían en mi cabeza y por momentos las voces se enmudecían y yo me encontraba allí parada sin comprender lo que sucedía.
Los nervios se habían apoderado de mí en los días previos a la competencia y con el transcurso de los días se acrecentaban sin parar y no me abandonaron hasta casi finalizar la jornada.
El torneo estaba dando comienzo. Los primeros 3 arqueros fueron llamados a la línea de tiro. No tenía idea en que puesto me tocaba tirar, no me había animado siquiera a mirar la lista con el orden de los participantes. El corazón me latía aceleradamente y sentía una pelota estancada en el medio del pecho. Sentía que para el resto todo trascurría con normalidad, sin embargo yo creía que en cualquier momento explotaría.
Finalmente había llegado mi turno. Con mi arco y flecha en mano me acerqué y me paré en la línea de tiro junto a los otros dos arqueros.  De frente tenía a mi instructor que estaba como juez y al acercarme me dio una mirada de aliento. Estaba muy nerviosa, mi corazón no había desacelerado su ritmo sino todo lo contrario. Me di vuelta para mirar a Andrés Verde, el responsable de la escuela, hasta que diera la orden de tiro. Cuando estaba todo en orden, volví a girar mi cabeza para ponerme en la posición correcta para tirar. Levanté mi brazo del arco y sostuve la cuerda como siempre. Podía percibir las miradas de todos. Pocos segundos después de la orden de tiro mis oídos escucharon que los otros dos arqueros ya habían ejecutado su tiro y eso terminó de intimidarme del todo.  Sólo recuerdo que miré mi brazo que sostiene el arco, luego todo desapareció por completo. Me di cuenta que la flecha ya había salido cuando vi que no había impactado en el blanco. No sé qué fue lo que sucedió pero los instantes del tiro no los recuerdo, no sé cómo fue mi posición, cómo anclé o cómo solté,  sólo recuerdo pararme en la línea, levantar el arco y ver la flecha en el paraflechas, todo lo demás se había esfumado.
En la primera ronda quedamos descalificados alrededor del 25% de los participantes, y el torneo se puso cada vez más interesante a medida que el paraflechas se alejaba. La competencia terminó con los dos arqueros que mejor supieron, no sólo controlar sus arcos y sus tiros, sino también  la presión y las emociones frente a todas esas personas.
Pero no todo fue tan malo, al ser la primera eliminada, muerta de vergüenza, recibí como premio consuelo una botella de champaña y los aplausos de la gente que dieron comienzo a la lenta desaceleración de mí alocado corazón.
Volví a casa esa tarde con una sonrisa pues, pese a la presión y los nervios que sentía por ser mi primera competencia, me animé al desafío de participar  y disfrutar por primera vez de un torneo de arquería.
-Parte 1-

-Parte 2-


(Fuente: El Apostadero TV )

Más tarde me enteraría de aquello que se había esfumado, aquello que mi mente había bloqueado para dejarlo olvidado en el fondo de mi conciencia. Había preparado bastante bien mi postura y anclaje, pero había fallado en la ejecución final del tiro. Mi ansiedad finalmente había logrado apoderarse de mi cuerpo por completo y al momento de soltar no pudo evitar adelantarse y ver donde había ido a parar aquél disparo. Esa ansiedad, imposible de controlar, me había derrotado y desviado aquella flecha.

10. Preparándome para mi primer torneo

Practicando un día en la escuela, varias semanas antes de que se realizara el torneo anual que organiza la Escuela Tradicional de Arquería (este año con el auspicio de Howard Hill Archery y Bodegas Escorihuela Gascón ), mi instructor me informó sobre aquella competencia. Me comentó en qué consistía, la mecánica del torneo… se comienza a tirar desde los 8mts., 1 flecha cada arquero. Los que pegan en el blanco (disco de examen ETAR de 29cm de diámetro –negro- y centro de 11cm –blanco-) pasan a la próxima ronda (2mts. más lejos). Los que yerran, quedan eliminados directamente si algún otro competidor acierta a esa distancia. Se avanza así el paraflechas cada dos metros hasta llegar a los 18m. En dicha distancia se cambia el disco anterior por el disco mini ETAR (14cm de diámetro –negro- y centro de 5cm –blanco-) y desde allí se realizan el resto de los tiros, hasta que queden sólo 2 arqueros, que disputarán la final. La final es a tres flechas cada uno, a 18m. El que tenga más flechas en el blanco gana. En caso de empate se define de a una flecha.
Se presentaba como un torneo sumamente duro, una única flecha, una flecha que determinaba si continuabas o no.  Un torneo donde hasta el más experimentado podía cometer un error ya que siempre estaba presente la eliminación. Cualquiera de nosotros tenía posibilidades de ganar o perder.
Aquél torneo había captado mi interés, era mi oportunidad de poner a prueba mi confianza, pero… ¿estaba dispuesta a enfrentarme a ello? Aún no lo había decidido.
La clase siguiente que tuve con mi instructor comenzó directamente con una práctica para aquel torneo. No recuerdo haber decidido si participaría o no hasta ese entonces, pero supongo que mi instructor intuyó aquellas ganas que sentía dentro mío de participar y antes de que me diera cuenta y sin preámbulos me inició en aquel entrenamiento.
Comencé la práctica tirando flechas a un pequeño papel a 8 metros de distancia para luego seguir avanzando cada dos metros hasta llegar a los 18 y así ir tomando confianza para adaptarme a cada distancia.
Luego, hacia mitad de la clase, la situación se puso aún más interesante. Aquél pequeño papel blanco fue reemplazado por mi instructor por el disco de examen, similar al que se utilizaría en el torneo. Simulamos la competencia como debía ser: una única flecha a 8 metros y avanzaba 2 metros más si acertaba. Pero algunas distancias me intimidaban, la inseguridad se apoderaba de mí… y los errores se hacían evidentes. Nuevamente volvíamos a los 8 metros para reiniciar el simulacro.
¿Cómo haría para vencer mis miedos? ¿Cómo haría para aumentar mi confianza? Eran obstáculos que hacía tiempo intentaba superar, sólo que ahora una fecha se aproximaba, la del torneo. Para colmo, la presión, la ansiedad y la duda intentaban ganarme la batalla y por momentos lo conseguían.
¿Cómo sería aquel día? Lo imaginaba una y otra vez en mi cabeza, cerraba los ojos y veía a los arqueros disparando sus flechas, podía ver la gente alrededor, era mucha, eso me asustaba un poco pues estaba acostumbrada a tirar con dos o tres arqueros como mucho y nunca con tantos espectadores. Aquello también implicaba una prueba a vencer.
 En cada oportunidad que tenía de ir a la escuela practicaba para aquel día. Intentaba contener mi frustración por los errores que cometía. La presión parecía no alejarse sino todo lo contrario, se afianzaba aún más. No conseguía relajarme y mi cabeza me jugaba una mala pasada.
Mi instructor me recordaba que tenía la capacidad suficiente para realizar  buenos tiros pues mi postura y focalización eran correctas, y había casi dejado atrás aquel problema de la falta de pausa al anclar. Pero debía relajarme, disfrutar y confiar en mí misma, sino todo aquello que había logrado no tenía ningún sentido pues arruinaba con mi inseguridad y exceso de control aquellos disparos.
Seguí practicando, tratando de encontrar calma en el ritual de disparar con aquél hermoso arco, mi arco. Cada día volvía a enfrentarme conmigo misma. Sólo deseaba encontrar aquel equilibrio que me permitiera relajarme pero sin dejar de perder la concentración y por sobre todo, dejar fluir naturalmente aquellas flechas que me pedían en susurros transitar su camino en paz mientras mi arco me suplicaba que lo sostuviera con suavidad y confiara en él, y sobre todo, en mi. 

09. Dos simples pero grandes satisfacciones

Si bien trato de no presionarme demasiado, a veces resulta inevitable que mi mente me culpe por aquellas flechas que se clavan muy lejos del blanco.
Pero un día sucedió algo que alimentó mi confianza a pesar de que aquella dificultad de no llegar a anclar y realizar una pausa prudente aún persistía. Estaba llegando cada vez más cerca de la comisura de mis labios para anclar correctamente, pero aún hacía falta tiempo de práctica para corregirlo y, por sobre todas las cosas, seguridad en mi misma.
Para volver a agrupar las flechas cerca del blanco y acrecentar aquella seguridad, mi instructor me sugirió un ejercicio provisorio. Esto me serviría momentáneamente hasta que pudiera volver a conseguir aquellos tiros confiables y seguros, originados de una postura y focalización correctas y alejados de toda preocupación consiente. Así que lo puse en práctica: sostuve el arco con firmeza, intenté relajarme y respirar adecuadamente, apunté al blanco desde el inicio y procurando no mover el brazo que sostenía el arco, tensé la cuerda y la flecha salió volando. No había llegado a anclar correctamente, cerca de la comisura de mis labios, pero la flecha había dado muy cerca del objetivo. Repetí una y otra vez aquel ejercicio y para sorpresa mía, las flechas estaban comenzando a agruparse nuevamente. Yo volvía a disfrutar tirar e inconscientemente alejaba aquella presión que había estado persiguiéndome por aquellos días.
Había terminado la clase bastante relajada, tenía ganas de quedarme más tiempo para seguir practicando pues estaba muy satisfecha con lo que había logrado, pero me propuse tomármelo con calma, no presionarme demasiado y volver en otro momento, así que decidí dar por finalizado el día.
Pero antes de guardar mi arco, tuve una sensación que no sé cómo explicar con palabras. Siempre le pido a mi instructor que arme y desarme mi arco por mi y como buen caballero me hace aquél favor, pues sigue siendo una dificultad que todavía no puedo afrontar. Ni él me presiona para que lo intente ni yo tampoco.
Sin embargo, al finalizar la clase, sentí la necesidad de desarmarlo por mi cuenta. Decidida le dije a mi instructor que iba a intentarlo, así que adopté la posición para desarmarlo: pasé mi pierna derecha por el medio de la cuerda y las palas, trabé la pala inferior en mi pie izquierdo, mis manos sujetaron con seguridad la pala superior, me incliné apenas un poco ejerciendo una leve presión sobre la empuñadura y liberé la cuerda dejándola deslizarse lentamente por la pala del arco. Lo había conseguido. Había desarmado mi arco. Mi Limay ya no se me resistía tanto y me dejó disfrutar  aquél momento.
Pero eso no había sido todo, pocos días después de conseguir desarmar el arco por mi cuenta, volví a tener esa sensación, una especie de presentimiento de que podría armar el arco yo sola. Así que antes de comenzar la clase le pedí a mi instructor que me supervisara mientras lo hacía, entonces lo intenté. Si bien no pude armarlo en el primer intento, estuve muy cerca. Nuevamente repetí el ritual y un sentimiento muy intenso y feliz se apoderó de mi cuando conseguí calzar la cuerda. ¡Había conseguido armar mi arco!
Así fue como experimenté dos logros que me llenaron de una gran satisfacción.

08. Enmendando contrariedades

La semana siguiente la clase comenzó igual como había terminado la anterior, soltando antes de anclar. Sin embargo esta vez estaba más relajada, así que había buen pronóstico.
A medida que los disparos transcurrían, conseguía llegar con mi mano cada vez más hacia mi cara. Esto era alentador, pues sabía que un problema así podía llevar años corregirlo.
Mi instructor me sugirió algunas modificaciones para intentar remendar el error, así que las puse en práctica esperando que dieran resultado.
Intenté tensar la cuerda trayendo mi brazo más por el costado izquierdo y no tan recto, como dibujando una curva invisible. Esto me ayudó bastante. Pero lo que consiguió volver un poco más a la normalidad mis anclajes y mis pausas fue precisamente no pensar en eso, no pensar en la pausa que no podía realizar, sino focalizarme en el siguiente paso, apuntar, guiar mi mano para dirigir la flecha hacia el blanco. Aquello dio un resultado sorprendente, con cada nuevo tiro el problema disminuía más y más y mi confianza aumentaba. Comprendía entonces que eran mi cuerpo y mi mente quienes dirigían el arco y la flecha y para que eso sucediera debía estar relajada y concentrada.
Si bien no agrupaba demasiado las flechas cerca del blanco, había conseguido avanzar para superar aquel error. Eso para mí era suficiente. El resto se corregiría con los días y las prácticas.
En la última ronda de la clase, una de mis flechas volvió a estrellarse en la pared. Nuevamente sobrevivió, no se quebró ni se rompió la punta, pero se apoderó de mí un leve temor. ¿Volvería a ocurrirme lo mismo que la clase anterior? Me quedaban dos flechas aún por tirar. Tratando de no pensar en lo que había ocurrido disparé. El último tiro fue muy bueno así que pude irme tranquila. 
Todavía me queda un largo camino para superar mis miedos y elevar mi confianza. Pero la batalla aún no termina, más bien, recién comienza.

07. El día en que las cosas cambiaron

Aquél día fue insólito, ni mi instructor ni yo podíamos creer lo que estaba sucediendo.
En los meses que vengo practicando tiro con arco tiendo, generalmente, a hacer pausas largas luego de llevar la cuerda a mi cara  y anclar el nock en mis labios, justo antes de soltar la flecha. Era lo que cotidianamente debíamos corregir, el acortar esas pausas y liberar suavemente mi mano, casi sin darme cuenta, dejar volar libre la flecha.
Luego de unos meses de práctica casi había logrado superar esta etapa y estábamos enfocándonos en aumentar la seguridad y determinación al momento del disparo, a elevar la confianza de que la flecha iba a dar en el blanco, pues últimamente esta falta de confianza me llevaba a realizar tiros dudosos que modificaban y desalineaban mi postura antes y durante el disparo, lo cual obviamente me hacia errar.
Pero ese día todo había cambiado. La clase no había comenzado del todo bien. Venía de una semana agotadora, cansada física y mentalmente. Una de las primeras flechas de la clase había dado a parar justo en la pared provocando un sonido seco y un ánimo muy desalentador. Por suerte la flecha sobrevivió a tremendo golpe.
Si bien ninguna otra flecha se estrelló contra aquella pared negra, mi confianza había disminuido. Los siguientes tiros fueron los peores que había hecho desde que inicié con las clases. En cada tiro mis ojos se cerraban, apartaba la vista, movía mi brazo o trababa la cuerda al soltar. Y entonces ocurría, las flechas iban a parar a cualquier lugar, al lugar donde yo menos quería. Una llegó a clavarse en el paraflechas contiguo.
Pero esto no era todo. De pronto, en un cierto disparo, mi mano no llegó hasta mis labios por lo tanto no había llegado a anclar correctamente. Pensé que había sucedido porque me había apresurado  a tirar, así que volví a intentar con otro tiro, pero nuevamente ocurrió lo mismo. Soltaba antes de anclar. ¿Cómo era posible? Lo repetí una vez más. Algo estaba pasando. Una y otra vez el tiro salía igual. Era imposible llegar con la cuerda hasta mi boca, soltaba en cada tiro antes de tiempo.
Mi instructor y yo nos quedamos anonadados. Yo no podía creer lo. Durante casi diez meses las pausas habían sido eternas, el tiempo que me tomaba para liberar la cuerda era demasiado y ahora, todo lo contrario, prácticamente no existía, mi mano se liberaba involuntariamente durante la tensada y mi cabeza no me permitía corregir el error.
Intentamos con distintas técnicas para corregir el problema, pero ese día, parecía imposible de cambiar.
Con un ejercicio que me pidió mi instructor que realizara descubrimos que el problema se producía por un exceso de ansiedad y no de exceso de control. 

Esa tarde no hubo forma de corregirlo, el día y mi mente no se prestaban para eso, así que terminamos la clase conscientes de que eran necesarios unos días de relajación.

06. Mi arco, mi "Limay"

Pocos días antes de realizar mi segundo examen había encargado “mi arco”. Después de investigar y elegir colores, maderas y formas, con la ayuda de mi instructor encargué mi primer arco en “Colorado Arquería”.
Elegí un “Limay”, un longbow con empuñadura anatómica, de maderas de guayacán y bambú  recubierto con fibra de vidrio transparente.
Sabía que el arco tardaría unos dos o tres meses en llegar. Esta vez debía ser muy pero muy paciente pues no dependía de mí.  Las semanas pasaban y yo pasaba las semanas sin noticias de mi arco. De vez en cuando me olvidaba y de vez en cuando me acordaba, lo que hacía más difícil la espera.
Un poco más de dos meses desde que lo había encargado, llegó a la escuela mi arco, apenas unos días después de mi cumpleaños. Estaba más que entusiasmada, muy ansiosa, con muchas expectativas, era una mezcla de emociones que se cruzaban dentro de mí.
Mi instructor me entregó el arco y captó la sonrisa que se dibujaba en mi cara de oreja a oreja. Lo tomé en mis manos. Venía enfundado en una tela negra muy suave. Por un instante me dio miedo sacarlo de aquella funda, parecía tan protegido en ella que no quería arruinarlo. Pero tomé coraje y comencé a desatar la cuerda que sujetaba uno de los extremos. Lo apoyé sobre una mesa grande que hay en la escuela y con mucho cuidado empecé a desenfundarlo. Muy lentamente iba emergiendo el arco de la funda. Comenzaba a vislumbrar esa hermosa madera, ese bambú tan amarillo y brilloso y el guayacán de la empuñadura con unas vetas marrones preciosas. Mis manos seguían haciendo todo con sumo cuidado, mientras mis ojos se ponían contentos con lo que veían.  
Por fin tenía el arco en mis manos, se sentía muy liviano, no pesaba tanto como el de la escuela. Era hermoso sostenerlo. La empuñadura era perfecta y tenía la ventana, el reposaflechas en el lugar indicado. Mis ojos no cesaban de admirarlo. Lo daba vueltas una y otra vez, tratando de no perderme de un solo detalle. Encontré el logo de la fábrica, un pequeño y delicado ciervo tallado sobre la empuñadura y mis iniciales escritas en el interior de sus palas “M.L.M.” no cabía duda que aquél era mi arco, el arco que tanto había esperado.
No sé muy bien cómo explicarlo, parecía que el arco emitía pureza y fragilidad pero a la vez se sentía potente y dispuesto a afrontar cualquier obstáculo que se presentase. ¿O tal vez era yo la que se sentía frágil  ante aquel arco poderoso?
Mi instructor se acercó y me indicó como colocarle la cuerda al arco. Yo trataba de memorizar sus movimientos para poder imitarlos más adelante.
Nos acercamos a la línea de tiro y comenzamos la clase como el resto, haciendo un precalentamiento tensando y destensando el arco para preparar los músculos de la espalda.
Tensé mi “Limay” por primera vez. No fue nada fácil. Costó más de lo que creía pues venía trabajando con un arco de unas 28 libras y ahora el mío tenía unas 33 libras. Las primeras clases con mi arco me costó bastante abrirlo, pero cada semana progresaba y se hacía más sencillo.
Las primeras flechas que disparé con él se sintieron súper potentes, salían con una fuerza extraordinaria. Ya no debía apuntar más arriba del blanco, pues ahora las flechas volaban más rectas, sin tanta curva debido a la potencia del arco. Que lindo que se sentía, que gratitud, que energía.
Cada vez me iba acostumbrando más a mi arco, comenzaba a conocerlo y él me conocía a mí.
A lo que todavía ninguno de los dos nos acostumbrábamos era a armarnos. Debía ponerle la cuerda antes de comenzar a usarlo y sacársela cuando terminaba, pues es importante que el arco, que sus maderas, permanezcan libres, sin tensión mientras no se lo utiliza.
Parecía sencillo, pero no lo era, o al menos para mí. Yo no tenía la confianza suficiente para sujetarlo y doblar sus palas para calzar la cuerda, sentía que podía quebrarlo, no me animaba y él tampoco se animaba a dejarme que lo intentara pues ofrecía una resistencia que yo no podía superar. Así que todavía debía pedir ayuda a mi instructor para armarlo.
Con paciencia seguí practicando el armado, pidiéndole cada día que me dejara llegar un poco más lejos, que me dejara doblarlo un poco más. Creo que necesita tiempo… y yo también.

05. Un nuevo examen: El Nivel II

Luego de ocho meses de haber comenzado en la escuela mi instructor volvió a sorprenderme con un nuevo examen, esta vez para poder alcanzar el Nivel II.
Como venía haciendo los últimos meses, seguía practicando mi postura y focalización a 18 metros y, de vez en cuando, mi impaciencia volvía a apoderarse de mi y me preguntaba cuando comenzaríamos la práctica a los 20 metros que era la distancia del siguiente examen, pero no me animaba ni quería preguntarle a mi instructor pues sabía que debía ser paciente y esperar que él determinara el momento oportuno del examen.  Y para sorpresa mía, durante una clase que compartía con otro alumno y en la cual estábamos tirando a 18 metros, nos tomó por sorpresa y sin dejar que reaccionáramos a lo que nos íbamos a enfrentar, nos dijo que realizaríamos el segundo examen. Y así fue, sin más preliminares nos pusimos a 20 metros y comenzamos a ser evaluados.  Nuestro instructor nos había anticipado que el examen podía llegar a durar varias clases pues no era fácil realizarlo al primer  o segundo intento y nos pidió que no nos preocupáramos pues en algún momento lograríamos pasarlo.
Con mezcla de nervios y ansiedad, charlábamos y reíamos tratando de disimular nuestro temor mientras hacíamos el primer intento. Las primeras 6 flechas de ambos no acertaron lo suficiente como para pasar al siguiente nivel, así que volvimos a intentarlo, pero fallamos por segunda vez. Sólo hacía falta acertar 3 de las 6 flechas, lo cual para nosotros que tirábamos por primera vez a 20 metros nos resultaba  casi imposible de hacerlo en el primer día.
La charla seguía distendiéndonos sin que nos diéramos cuenta y de esa forma realizamos el tercer intento. Sin imaginarlo siquiera, 4 de mis 6 flechas dieron en el blanco. Una vez más había conseguido avanzar de nivel, una vez más, había conseguido superarme.
Por suerte mi compañero logró hacerlo también en el tercer intento y luego bromeábamos y recordábamos lo que habíamos sufrido durante los minutos que duró el examen. Ese temor que experimentamos se había difuminado por completo, ya habíamos alcanzado el Nivel II.
Las etapas seguían renovándose y los desafíos aún no terminaban…

04. Un camino que continúa...



Luego de pasar un examen, de cualquier tipo, uno comienza a sentirse más capaz, la confianza en uno mismo aumenta y sabemos que con esfuerzo y perseverancia podremos conseguir nuestra próxima meta. Entonces seguimos adelante, tratando de superar los obstáculos que se nos presentan cada día.
Así continué yo, con un poco más de confianza en mí misma, tratando de tener paciencia y no apurarme por llegar tan rápido a mi próxima meta, pues aquella llegaría en el momento justo y conveniente, cuando menos la espere.
No fue fácil adaptarse a una nueva distancia, aunque 5 metros parezcan poco, no lo son. Uno se acostumbra a orientar el arco a una cierta altura y cuando la distancia cambia el proceso de orientación vuelve a comenzar. El camino se hizo aún más difícil cuando el paraflechas había alcanzado su posición a 18 metros. Y no sólo eso sino que también ya había comenzado a utilizar otro arco, esta vez de unas 28 libras y de madera. Fue un largo camino, de errores y aciertos que venían acompañados con un poco de frustración y satisfacción. 
     Cada clase surgía como un nuevo desafío, no sólo técnicamente encontrando la postura adecuada y la visualización correcta del objetivo, pues a la hora de tirar es 50% postura y 50% focalización (para conseguir un buen tiro ambas deben ser correctas); sino que también era un desafío interno pues debía superar mis malos días.


03. Llegando al Nivel I

Y así iban pasando las clases, aprendiendo a llevar a la práctica la postura adecuada que mi cabeza conocía pero que se negaba a dejar salir y, sobre todo, aprendiendo a tener paciencia y confianza en mí misma.
Al llegar a la cuarta clase, luego de precalentar y tirar algunas flechas iniciales, mi instructor me sorprendió informándome que haríamos en ese preciso momento mi primer examen. Totalmente desprevenida de lo que pasaría lo miré tratando de comprender lo que había dicho segundos atrás y dándose cuenta un poco de mi temor me explicó con toda naturalidad en qué consistiría el examen, restándole importancia para que yo no me preocupara.
Pero de todas formas ya había comenzado a preocuparme desde el momento en que lo había mencionado. Para completar mi miedo no estábamos solos pues había otros 3 alumnos que aún no habían terminado su clase pues querían terminar una competencia que habían comenzado entre ellos.
Generalmente la ansiedad aumenta en este tipo de situaciones, sobre todo cuando sentís que otros te están observando, así que  experimentaba una doble presión.
El sistema de exámenes que utiliza la Escuela, similar al de las artes marciales, indican el paso hacia un nivel superior en la disciplina. Para ello hay cinco colores de alumno, que son de menor a mayor destreza: Blanco, Negro, Azul, Colorado y Amarillo. 
Luego, sobre el amarillo se superponen anillos negros por cada nivel de Maestro.
La prueba de nivel blanco es a 10m, la del negro a 20m, y así sucesivamente. 
El examen consistía en disparar 6 flechas  (2 rondas de 3 flechas cada una) a un blanco de color negro de 29cm de diámetro con un centro blanco de 11cm de diámetro a una distancia de 10 metros. Si acertaba 3 de las 6 flechas disparadas aprobaba y pasaba al siguiente nivel, en mi caso, el Nivel 1.
En fin, el momento del examen había llegado y no había forma de evitarlo, así que me dejé llevar por el desafío.
Con el incentivo de mi instructor y tratando de que los nervios no me dominaran comencé mi primer ronda de 3 flechas. Para tranquilidad mía 2 de las 3 flechas habían dado en el blanco! Así que para la segunda ronda la presión era mucho menor pues sólo era suficiente con que acertara 1 de las 3 flechas restantes para alcanzar el Nivel 1. Sin que me diera cuenta la ronda pasó volando y otra vez dos de mis flechas dieron en el blanco. Todo había terminado, la presión y los nervios se habían desvanecido y lo que llegaba ahora era una gran satisfacción y orgullo que desde hacía tiempo no sentía. 

El resto de la clase transcurrió normalmente con la rutina de corregir la postura, asimilar  los errores y sobre todo tratar de aprender a disfrutar los tiros. Pero lentamente algo estaba cambiando, el paraflechas ya no se encontraba a 10mts. sino a 15. El nivel de exigencia aumentaba y un nuevo desafío comenzaba. Un desafío personal…

02. Encontrando el lugar ideal.

Me hallé entonces con el inconveniente de que no hay muchos lugares en donde se pueda practicar el tiro con arco. Creo que si encontré 4 lugares en Capital es mucho.
Pero había uno en particular que llamó mi atención, no sólo por la cercanía y por la libertad de tomar cuantas clases quisiera y en el momento que quisiera, sino porque se dedicaban a la enseñanza de la arquería tradicional, promoviendo el tiro y competencia con arcos de diseño clásico.  Una arquería que, según creo, toma conceptos de la cultura japonesa siendo más espiritual y no tan competitiva. Aquí se compite con uno mismo, no existe otro adversario que nosotros mismos, lo cual me recordó mucho lo leído en el libro de Herrigel.
Me decidí pues por la Escuela Tradicional de Arquería y a los pocos días ya estaba tomando mi primera clase.
Ese primer día conocí a mi instructor y durante la primera parte de la clase me contó un poco la historia de los arcos, los materiales con que se fabricaban y cuál había sido su función varios siglos atrás.
Si bien la charla estaba más que interesante mi ansiedad por comenzar a tirar no me abandonaba, pero trataba de disimularlo.
Quisiera recordar las historias que me relató pero mi mala memoria me lo impide.
Luego de la charla me enseñó las normas de seguridad imprescindibles que se deben aplicar tanto en la escuela como en cualquier sitio donde vayamos a realizar esta práctica, como por ejemplo: no cargar la flecha en el arco hasta que todos los arqueros estén detrás de la línea de tiro; la flecha siempre debe ser cargada sobre la línea de tiro y apuntando hacia el paraflechas o blanco; a esperar que todos terminen de tirar y anunciar que la zona se encuentra libre antes de ir a buscar las flechas o disparar.
También me enseñó algunos detalles a tener en cuenta respecto al cuidado del arco: No soltar en vacio con ningún arco: osea no soltar el arco sin flecha. No usar una flecha más corta: se puede caer del reposaflechas y lesionar nuestra mano (es preferible que la flecha sea un poco más larga cuando el arquero se está iniciando). Nunca tirar una flecha hacia arriba: cuando aterrice llevará la misma fuerza que al salir del arco. Asegurarse que veremos dónde se va la flecha: siempre se debe tener una visión completa de la zona de tiro, si se falla con el tiro debe haber un espacio libre suficiente para evitar accidentes, se debe considerar la posibilidad de un rebote de la flecha. Revisar periódicamente el equipo: asegurar que todas las partes de nuestro equipo se encuentran en buenas condiciones para su uso.
Acto seguido acercó el paraflechas a unos 5 metros de distancia y fue así como di mis primeros tiros en la escuela.
Si bien es una escuela que fomenta la enseñanza con arcos tradicionales, o sea de madera, los primeros pasos los di con un arco escuela  de fibra de vidrio de 20 libras, pues es con el que todos los alumnos comienzan para poder adaptarse; similar al que había utilizado en aquél puesto de arquería. (La libra es la fuerza que el arco opone al ser abierto.)
Durante las primeras clases aprendí la postura correcta que se debía adoptar, como tensar la cuerda y la soltada limpia y suave que se debía conseguir, pero eso no significaba que a mí me salía bien.
Repitiéndome con paciencia mi instructor corregía mi postura, sobre todo la posición de mis brazos, los cuales se negaban a responder al pedido de mi conciencia. Pese a que sabía perfectamente cómo debía tensar, manteniendo firme el brazo que sostiene el arco y guiando el codo del que tensa la cuerda hacia atrás para llevar mi mano a la altura de mi boca, me era imposible poder hacerlo correctamente. 
Notando un poco mi desilusión por no conseguir la postura adecuada mi instructor me recordó que eran necesarias muchas clases y hasta años de práctica para poder conseguirla y que no todos respondemos de la misma forma pues cada uno tiene su tiempo de aprendizaje. También me indicó que el aspecto emocional influye mucho en el tiro con arco, no es lo mismo tener un buen día que uno malo, por eso es necesario tratar de relajarse y disfrutar cada tiro. 

01. Tocando el arco por primera vez.

Creo que desde hace muchos años me sentí atraída por esta práctica.
Siempre captaron mi curiosidad los arqueros que veía en las películas. Veía ese movimiento solemne cuando estiraban el arco, tan concentrados en su objetivo. Simplemente conseguían mi interés.
No puedo explicarlo, pero creo que siempre estuvieron dentro mío esas ganas de alguna vez poder disparar esos arcos y flechas.
En el verano del 2009, estando de vacaciones con una de mis mejores amigas, visitamos un lugar encantador, unas Termas en la Costa Atlántica. 
Estando allí, nos topamos con un puesto de arquería que inmediatamente llamó mi atención. Como en ese momento el único instructor del puesto estaba ocupado enseñando a otros visitantes, decidimos realizar otra actividad para aprovechar el tiempo.  Así que nos decidimos a andar en karting, una elección muy acertada, por cierto, pues no sólo nos descostillamos de la risa sino que  nos llevó a uno de los extremos de las Termas donde pudimos embobarnos con un paisaje sumamente increíble.
Pero sabía dentro mío que tenía que volver  a aquel puesto de arquería, que no podía dejar pasar esa oportunidad de poder tirar con un arco. Así que volvimos.
Otra vez había gente, pero mi amiga me acompañó incondicionalmente en la espera. El tiempo no pasaba más y yo estaba cada vez más impaciente. Esperando sentada sobre unas piedras a un costado del puesto veía pasar  una y otra vez a los clientes que me precedían.
El tiempo nos apuraba un poco pues la camioneta que nos recogería llegaría en cualquier momento para llevarnos nuevamente hasta el centro de San Clemente.

Pero como ya habíamos recorrido todo el parque y habíamos realizado las típicas compras turísticas, sólo nos quedaba esperar. Entonces esperamos, sin olvidarnos de mirar el reloj de vez en cuando.  
Al fin llegó mi turno. Me acerqué hasta la línea de tiro presentándome al instructor.
No puedo decirles si el corazón me latía fuerte, despacio o normal porque no lo recuerdo. Pero sí recuerdo que se sentía muy bien, era algo agradable.
Muy amablemente el instructor me indicaba como ponerme los protectores de la mano y el antebrazo y me explicaba las reglas básicas de seguridad. Si bien yo sabía lo que iba a decirme, pues había escuchado una y otra vez atentamente mientras les explicaba a los clientes anteriores, de todas formas lo escuché con precisión; no quería perderme ni una palabra, esta vez era mi turno y no quería desaprovecharlo.
Luego me hizo una pequeña y simple prueba para saber cuál era mi ojo dominante y así saber con cual mano sostendría el arco y con cual tensaría la cuerda. No importaba si era zurda o diestra todo dependía del ojo.
La prueba consistía en sostener, con los brazos extendidos a la altura de la cara, un círculo con un orificio en el centro y mirar a través de él un objeto a lo lejos. Luego debía cerrar un ojo, volverlo a abrir y cerrar el opuesto. El ojo con el que podía ver el objeto  a la distancia sería mi ojo dominante. El ojo dominante, es aquel con mayor agudeza visual, el que domina la visión de profundidad, mientras el otro domina la periférica y espacial principalmente haciendo llegar entre ambos una imagen tridimensional a nuestro cerebro. Esta prueba era muy importante porque de ella dependería el tipo de arco que usaría.
Pero yo ya había hecho esa prueba. Mi ansiedad era increíble y me había llevado a realizar la prueba mientras esperaba sentada a un costado. De todas formas mientras reíamos al comentarle que ya lo había hecho, le pedí que lo hiciéramos nuevamente bajo su supervisión para ver si lo había realizado de la forma correcta. Era una prueba sumamente sencilla, pero no quería comenzar dando un paso en falso.
Efectivamente mi ojo dominante era el izquierdo, por lo tanto debía utilizar un arco para zurdos, lo que implicaba tomar el arco con la mano derecha y realizar el movimiento más complicado, el de tensar la cuerda, con mi mano izquierda, algo más que extraño pues toda mi vida fui diestra. La única diferencia entre un arco zurdo y uno diestro se encuentra en que en el arco diestro la ventana en el arco está a la izquierda y en un arco zurdo se encuentra en el lado contrario.
Si bien concentraba toda mi atención en sus palabras, no veía la hora de que me diera el arco. Por fin ese momento llegó. Lo tomé en mis manos. Lo sentía pesado, pero eso no me desanimó.
Me sentía intensamente bien y una vez que lo tuve en mis manos me indicó la posición que debía adoptar y me guió para tensarlo por primera vez, o sea llevar la cuerda hacia la cara mientras mantenía firme el brazo delantero.
Lo tensé. Se sentía muy duro, debía hacer bastante fuerza para abrirlo y llegar con mi mano izquierda a la altura de mi boca. Así que lo destensé y tensé una y otra vez hasta sentirme más segura. Luego vino el turno de la flecha, así que me enseñó a colocarla en su posición.
Y así llegó el primer disparo. Se sentía sumamente raro, pero me había encantado.
Obviamente no dio en el objetivo pero por lo menos había pegado dentro del paraflechas. Parece sencillo pero no es tan fácil acertar por primera vez a 15 metros de distancia. 
Me sentía ansiosa por volver a tirar así que tomé mi segunda flecha y tratando de aplicar lo que el instructor me había indicado disparé por segunda vez. Luego una tercera, una cuarta y una quinta; siempre guiada por su voz que me indicaba y corregía amablemente la postura. Si bien ninguna de las flechas daba en el centro, se estaban acercando. A cada momento el instructor me decía que me relajara pero yo, inconscientemente, me negaba a ello pues creía que para acertar debía calcular perfectamente el tiro.
Tiré luego mi última flecha, la sexta, pero tampoco había acertado en el centro del blanco. De regalo, como hacía con todos los clientes, nos dejaba tirar una última y séptima flecha. Después de esta ya no había más, a menos que volviera a pagar, claro. 
Me dio una última indicación y me volvió a repetir que me relajara, mientras se acercaba a mi amiga para indicarle, como había hecho conmigo, a ponerse los protectores pues venía su turno.
Sabía que ya no quedaban más flechas y que tampoco tenía demasiado tiempo para otra ronda pues en cualquier momento llegaría la camioneta. Así que me propuse disfrutar de ese último tiro.
No me pregunten cómo, ni qué hice, porque no sé exactamente bien como fue. Parece ser que me relajé. El tiro dio en el centro, sí, sí, en el centro, aunque no lo crean (yo tampoco podía creerlo).
La satisfacción que sentí fue enorme, no la puedo explicar. Me fui tan contenta de ese lugar que por los siguientes días no pude sacármelo de la cabeza. No porque había acertado esa última flecha sino que el hecho de tirar con el arco me llenó de una gratitud inmensa. Algo dentro de mí había cambiado, sabía con seguridad, con una seguridad que jamás había experimentado en mi vida, que quería volver a tirar.
Fue entonces cuando de regreso en Capital comencé a buscar lugares que se dedicaran a la práctica del tiro con arco.

Esta sección recopila cuentos y textos extraídos de distintos lugares. Se respeta la autoría de dichos escritos aclarando, en el caso de ser posible, el autor del mismo.

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